sábado, 23 de agosto de 2014

LA CIUDAD DIBUJADA...hoy, un tallerista de Vecinal Oeste

Sarmiento y Centenario, ahí, justo ahí, sobre la bicicleta, un pie descansando sobre el pedal, el otro apoyado sobre el asfalto, las manos cerradas sobre el manubrio, la cabeza apretando el cuello torcido para mirar hacia atrás, hacia Belgrano, hacia Libertad, hacia Iriondo, el río la isla, el tallerista comienza su jornada. Después la cabeza gira y el cuello parece desenroscarse para volver a retorcerse, ahora para mirar hacia 25 de Mayo, Castelli, hacia la Sarmiento agrumada en el calor de la mañana. Es sábado, hace calor, Sarmiento es una calle gris y agitada; demasiado angosta. Uno siente que lo ajusta, lo aprieta. Él mira a ambos lado de la calle y decide que puede, como quien dice, lanzarse y, lo hace; levanta el pie que ha estado, de punta, asentado en el asfalto y, apoyándolo en el pedal, se da impuso irguiendo un poco el cuerpo, haciendo un movimiento hacia delante hacia la dirección en la que se encamina o mejor dicho bicicletea. Es media mañana así que el tránsito es regular, automóviles, motos, el colectivo, otras bicicletas, se alinean de mala gana, obligadamente ordenados por la estrechez de la calzada. Él pedalea despacio reconcentrado en lo que podríamos llamar el horizonte, ese lugar donde Sarmiento engañosamente parece terminar, pero no ese el sitio al que se dirige.
Va sentado un poco encorvado y en el canasto de la bicicleta carga un cuaderno, uno común y corriente que guarda una birome que se sujeta por el capuchón a la tapa blanda.
Fidela Valdez atraviesa Sarmiento a la altura del 3900, a la izquierda, justo antes de doblar para entrar por la calle hacia el sur, hay una casa. Él se detiene unos segundo a observarla, como cada semana, algo en las paredes agrisadas -que alguna tal vez fueron blancas, piensa-; algo en el amplísimo jardín del frente que parece abrazar la casa para continuar en el fondo, lo retiene cada vez, durante unos segundos.
Ha estado internado así que su mente está un poco más lenta que de costumbre, él lo sabe, pero ya no piensa en esas cosas. Alguna vez lo hizo, alguna vez no quiso someterse a la medicación que a la vez que le permitía insertarse en su mundo su micromundo, lo arrancaba de algún modo también de él, digo, del mundo pero también de él mismo.
Absorto en la casa no escucha el bocinazo que le reclama por la inmovilidad en medio de la calle, en medio de la mañana.
Ahora ha doblado definitivamente hacia el sur, se ha bamboleado sobre la bicicleta al, como quien dice, “bajar” del asfalto hacia la calle de tierra; ha rebotado sobre el asiento y el cuaderno se ha sobresaltado dentro del canasto perdiendo su pasajera que se ha soltado de la tapa para caer y rodar, inadvertida, hacia los pastos que bordean la calle y que enjutos, se meten en el cordón cuneta.
Al llegar a la primera esquina ha “subido”, por una rampa de tierra hacia el predio donde se extiende el playón deportivo, ha echado una mirada a la construcción que algún día, probablemente lejano, será un baño y que está detenida desde hace tiempo a la altura del techo, ha visto que el pasto ha comenzado a crecer dentro; ha pedaleado sobre la vereda y se ha enfrentado al doble portón verde, abierto por una hoja, se ha bajado y ha ingresado a la Vecinal Oeste.
Ahora dejará la bicicleta mientras murmura un hola quedo y corto y se sentará a la mesa larga -la mesa y el tablón- que tiene a los lados un banco deslucido que pudo hacer sido de iglesia, o al otro lado, sobre otro banco sin respaldo, verde y nuevo, hecho con jirones de madera.
Dejará la bicicleta entonces, y se sentará con la cabeza un poco inclinada, tirada hacia adelante, como queriendo meter la mirada en los intersticios de la madera; alguien le alcanzará una birome y él dirá gracias; alguien le preguntará por qué estuvo ausente las semanas aquellas de las que él tiene vagos recuerdos de enfermeras, inyecciones primero, píldoras después; alguien le preguntará si escribió. Él sonreirá, levantando un poco la cabeza, solo un poco, contestará me raptaron los extraterrestres y abrirá el cuaderno; después leerá unos veros cerrados oscuros.

viernes, 22 de noviembre de 2013

LA CIUDAD DIBUJADA …hoy, lejos de las bicicletas de la costanera

Barrio Las Vegas, tierra, sol, cunetas, sol, agua servida, sol, algunas madres, niños, sol y más sol.
El Centro comunitario se levanta, blanco, al sol, paredes blancas, piso de mosaicos, esos que llamamos de granito, con pintas negras y blancas. Destaco el piso porque las casas que conozco en Las Vegas, no tienen piso, algunas ningún tipo de piso, sólo tierra apisonada, otras lo tienen de cemento, un cemento que se va rajando y oscureciendo como los pies que lo pisan sin calzado, porque es verano o porque no hay calzado con qué pisar el cemento, o la tierra apretada, como los dientes y como el deseo.
A las cuatro de la tarde las puertas del Centro Comunitario están abiertas, allí, los días de semana funcionan diferentes talleres municipales del programa “Viví tu barrio”. Es el día de la muestra anual y coordinadores y asistentes exponen el producido durante el año; también dan testimonio sobre la experiencia.
Estaciono el R12 a unos metros del lugar bajo un árbol único.
Entro, saludo, me siento.
Érica Firbeda coordina los talleres, la veo serena y sonriente, mirando con atención, alentando, felicitando, agradeciendo.
Escucho una grabación imprecisa del taller de radio. Veo la imprecisa coreografía de un gato y una chacarera. Los alumnos no pueden asistir de forma continua a los talleres y los coordinadores, lejos de sentarse a esperar, militan su trabajo, andan el barrio, buscan los chicos, los alientan, los contienen; en estas consideraciones los testimonios de los coordinadores se repiten.
Salimos del salón a escuchar al taller de murga, por el calor y para no quedarnos sordos. Encuentro la foto, eso creo, me sé pésimo fotógrafo así que cuando llego a casa y enciendo la computadora la foto no está o por mejor decir está pero no dice, estimado lector, lo que quería decirle con ella, así que elijo otra, pero no me resigno a no mostrársela así que se la cuento: yo miraba una niña con el pelo color zanahoria y pecas en las mejillas y cuando creí que allí estaba mi foto para usted, lector, entonces, por azar nomás, porque giré un poco la cabeza, lo veo, o más bien le veo los ojos al niño, la mirada, esa que no capté con la cámara, esa que seguramente hace que para cada uno de los coordinadores el trabajo valga la pena. Azota el tambor reconcentrado en no perder el ritmo y los ojos, negros los ojos, como quien dice, le van brillando por toda la cara hasta bajar a las manos que saltan al ritmo de los palillos del tambor.
“No, no vino, los otros días le pegaron delante mío” no alcanzo a saber quién le ha hablado a quién entre las mujeres que coordinan los tallers donde los asistentes se repiten, según pude entender, así que de algún modo los comparten, a los niños y a sus realidades elajadas de las bicicletas de la costanera. Las mujeres se vienen acercando al círculo de tambores rojos y amarillos que han formado los pequeños murgueros. Decido no indagar. Estoy disfrutando, hace calor y no quiero saber demasiado.
Un par de minutos de ruido intenso, desacompasado preceden al logro, de pronto la murga suena en la tarde, repiquetea bajo el sol y las sonrisas aparecen.
Después de los aplausos regresamos al salón. Alguien comenta sobre los que no entienden nada y han roto cosas en el Centro Comunitario, vandalismo dicen, a pesar del vandalismo dicen, acá estamos y muestran.
Sobre un tablón los puntos equidistantes del crochet y sobre una mesa la madera lijada, pintada, dominada por los chicos del taller de carpintería. Detrás, sobre una pared, los dibujos del taller de artes plásticas. No conozco el nombre del coordinador, Tincho lo llaman. Edisto Hernández, me apuntan.
Algunas consideraciones sobre los trabajos, algunas precisiones sobre la obtención de colores y cosas que escucho a medias hasta que una frase que va a repetir para los distraídos capta mi atención: ellos no son todo el tiempo niños.
"Ellos a veces son hombres, no sé si me entienden, no sé si entienden lo que quiero decir", más que aclarar, inquiere el coordinador, creo que la voz se corta un poco, solo un poco y solo una fracción de segundo en mitad de la frase, “ellos no son chicos todo el tiempo”, los señala, los abarca con los brazos.
"Yo busco que las dos horas que pasan acá sean chicos, jueguen, sean felices esas dos horas nada más".

Los papeles en la bolsa, va gritando Firbeda y los niños se acercan y van llenando la bolsa con los envoltorios de los alfajores de chocolate que son su premio al esfuerzo. Un nena de rosa está parada junto mí y junto a ella, sobre el suelo, el papel dorado y arrugado por el apretón.
Ese papel es tuyo, me parece, le digo porque la he visto tirarlo al suelo.
No, me contesta.
Me voy riendo.

 

viernes, 8 de noviembre de 2013

LA CIUDAD DIBUJA....hoy, las siete de la tarde



 
La costanera... la ando, como una oruga anda el tronco de un árbol entre músculos exigidos, la ando, entre caderas y caras enrojecidas, la ando. La ando, la voy mirando.
Diáfana, relumbra bajo el sol, se estirada, bosteza sudores y patines con trenzas mientras la ando.
Una jovencita corre aferrada a la correa de un perro que corre; corre o vuela y va dejando un halo de perfume a vainilla donde flota una cabellera imposible.
Las mujeres prefieren la compañía, combinan el bamboleo de sus caderas con la charla animada.
Los hombres prefieren trotar concentrados en la respiración agitada, algo como un bufido que los precede y los excede, una burbuja dentro la cual van sudando y golpeando rítmicamente el suelo.
Un niño levanta el boguero y el anzuelo aletea peligroso hasta enredarse en una mata de pelo cano que vigila el pie del niño, que asoma más allá del borde de cemento como espiando la correntada donde un pez salta haciéndose visible fuera del agua.
—¡Abuelo abuelo! —el niño señala el agua, el movimiento huidizo del pez.
El viento costero alza la voz y el niño alza la caña y la línea liviana y el anzuelo liviano que planean unos segundos antes de caer al agua.
El hombre del bastón, el que antes trotaba y cruzaba el río, el que trotó y cruzó el río  a nado y en zigzag por años, siempre a la misma hora, esquiva las miradas por timidez o tal vez exilio al interior.
Choco, como quien dice, contra los pilares del puente y como esos autitos a pila, cuando topan con una pared, reboto y doy la vuelta y sigo caminando.
Una mujer me ofrece pan casero -recién hecho, me dice- y la voz de un niño asciende desde mis rodillas
—¿No quiere un perrito señor?
Digo no y el niño se aleja. Lo veo aferrarse a la falda de su madre, señalarme y abrazar con fuerza al cachorro.
Desciendo las escaleras y me siento frente al río, extrañamente no puedo verlo, lo escucho pasar rumoroso, como siempre, pero no puedo verlo, solo veo un carro que dejé atrás, pudriéndose al sol, un carro y sobre él un hombre oscuro, oscuro el pelo, la piel, oscura la remera, los ojos oscuros y el mirar y a su lado veo un niño que apenas ha dejado de ser un bebé, un niño blanco, blanca las mejillas, las manos tan blancas; blanca la remera la sonrisa la boca, la mirada.





sábado, 19 de octubre de 2013

LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, caminantes

Amanece sobre el río.
Santa Fe se oculta tras el sol, el puenteo oscila hacia arriba y hacia abajo, levemente, incansablemente, sobre los pilares flotantes. Resiste
Caminaba, creo que no pensaba en nada hasta que la vi. Pesará uno cuarenta kilos máximos y le calculo entre 40 y 45 años aunque la extrema delgadez tal vez haga que me engañe. Camina con rigor, pisa fuerte, da pasos largos siempre mirando para abajo, en la mano izquierda lleva una llave, la mano fuertemente apretada blanquea en los nudillos. Viste un conjunto deportivo que más parece un pijama, es color verde militar. Blanca, quiero decir que es una mujer rubia con el pelo echando algunas canas. Más allá, en sentido contrario un hombre entre cincuenta y sesenta, con bastón y andar dificultoso, ondulante; su cuerpo se ondula a cada paso recordándome el desplazarse de las culebras sobre la arena. Antes, hasta no hace muco, corría y después cruzaba el río a nado en zigzag desde la playa hasta el anfiteatro, iba y venía de costa a costa, las zaptillas provisoriamente abandonadas para ser calzadas con los pies cargados de río y seguir corriendo. Antes cuando la enfermedad no era evidente como ahora, desde hace un año tal vez, cuando el andar ondulante y dificultoso necesitó de un bastón.
No sé sus nombres, no sé nada de ellos, solo sé de sus caminatas, pero los siento conocidos porque los veo desde años, todos los días.
Llegado por una sensibilidad poco frecuente en mí, pienso que algún día no los veré más y me asombro de mi optimismo respecto de mi propia vida, la que me queda quiero decir, como si hoy, por algún motivo que no alcanzo a comprender, me supiese eterna o tal vez a salvo de la muerte, incluso de la vida misma.
Ninguno me saluda, una con la mirada en el piso, el otro con la mirada en un horizonte que solo él puede ver.

LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, la feria



Parafraseando a Juan José Saer, amanece y ya estoy con los ojos abiertos. Me acosté tarde y con una sensación de plenitud poco frecuente en mis neuronas. Había caminado la feria del libro, había mirado, conversado, escuchado.
La feria de Santo Tomé tiene cierto aire de algarabía, no sé si será porque así somos los santotomesinos, por el aire costero que se cuela en las carpas o por la llegada de Dolina.
Libros libros y más libros, mirados, comprados, donados, manoseados, deseados; escritores locales con sus esperanzas bajo el brazo; ex combatientes, libreros comerciantes y libreros militantes -de los libros, se entiende-; niños -la humanidad insiste en procrear aunque a diario le anuncien que el mundo se acaba en cualquier momento-, niños sumisos colgados de las manos de sus padres y niños gritones saltadores reidores, llevando a rastras a sus padres.
Guitarras en el anfiteatro frente al río opulento y Diego Reynoso, presidente del Instituto Belgraniano del Litoral,  en la intimidad del auditorio del Jardín Nº 25, poniendo como quien dice, los mojones de una idea en la cabeza de los santotomesinos: Santo Tomé, una ciudad Belgraniana, anclada en la historia y la leyenda.  
Narradores orales, teatro, presentaciones. Imposible ver todo hay que elegir, por gusto o por azar da igual, así que elegí y disfruté.

domingo, 13 de octubre de 2013

Las Vegas. Algo más que lo que se ve, que lo que se sale en los diarios


Presupuesto participativo tuvo su jornada de votación el sábado en el Barrio La Vegas

Alberdi, las vías, la tierra clara manchada de amarillo, azul, blanco, colores móviles, colores que el viento arrastra, bolsas, envases, plásticos, objetos irreconocibles, fragmentos del barrio, también del resto de la ciudad que se arrastran cuadra a cuadra en los terrenos baldíos entre los cardos florecidos, las cunetas; entre los caballos que pastan cansados, los perros flacos, parecen ratas los perros y a mitad de cuadra, de una cuadra idéntica a cualquier otra, abierto y bullicioso, el Centro Comunitario, como quien dice, blandiendo los afiches que ondean en el gris de la mañana.
Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma, sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües pluviales, que finalmente ganará con 124 votos. Mujeres sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los adolescente.
Timidez, algo de pudor. Sonrisas.

Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma, sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües pluviales, que finalmente ganará con 124 votos.
Mujeres sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los adolescentes. Timidez, algo de pudor. Sonrisas.
                                                    —¿Por qué propuesta va votar?
—Lo que más necesitamos.
Lo que más necesitamos me dice y no me aclara, es obvio así que no me lo aclara, da por sentado que comprendo, yo, que vendo del asfalto y el agua corriente y las cloacas y el paso regular del colectivo, tengo que saber y me pregunto  si sé. ¿Sabemos los santotomesinos sobre estos otros, también santotomesinos?
Escucho el ruido de un rifle de aire comprimido. Sabré después, cuando me acerque al otro centro de votación, el Centro de Salud Lisandro de la Torre, que hay un herido, un niño o un joven –no querré ahondar- que será llevado al SAMCO.
—Es que es difícil vivir acá porque la gente cree que somos todos delincuentes y no es así, hay sí pero la mayoría somos gente de trabajo que quiere progresar.
 
Dalila Moyano es la vicepresidente de la Vecinal y hoy es fiscal de la votación.
Los ojos oscuros, jóvenes, se opacan.
—En la ciudad todos piensan que somos delincuentes, ni trabajo nos dan cuando decimos dónde vivimos. Tenemos que convivir con la delincuencia y encima los demás nos discriminan.
En la ciudad…me quedo pensando en esas palabras, ¿acaso el barrio Las Vegas no es parte de la ciudad?
—Una nena le dijo a su mamá qué tenía que votar. ¿Se da cuenta Murillas?, los chicos saben lo que quieren, lo que nos hace más falta
Me doy cuenta, veo los pies calzados con ojotas, las marcas de caminar siempre en la tierra y el barro y me doy cuenta.
 
Más tarde, en el Centro de Salud, Betu Argüello, miembro de COMUNIDAD, me responderá cuando le pregunte sobre cómo maneja el contacto con tanta necesidad “..y se maneja” la estaré mirando  a la cara a través del visor de la cámara y desistiré de fotografiarla, no registraré sus ojos claros enrojecidos por las lágrimas.
Yo escribo, me dirá Fabián Cabrera reconocido por sus versos en el barrio y en COMUNIDAD. Hay que pensar en lo que uno da aunque lo que pueda darse sea solo un buen rato ese día, que la pasen bien un rato me dirá sin sonreír.
—¿Qué les parece esto de participar, de decidir qué tiene que hacer el municipio en el barrio?
—Es la primera vez que nos preguntan. Que alguien nos pregunta algo.
Es la primera vez que nos preguntan. Escucharé la frase durante toda la mañana, saldrá de boca de los votantes, de Paola fiscalizadora de la mesa en el Centro de Salud, donde Luis Martínez, coordinador de Desarrollo Territorial, comerá un par de bocados, nada más, de un plato de fideos que le alcanzarán desde el comedor sin que lo pida. 
 —¿Dónde andabas? casi te quedás sin comer ¿Ya comieron en el Centro? —Betu
riéndose.
Risas. También yo me río.
—No sé —Luis, con el tenedor suspendido en el aire.
—Es que vos siempre te olvidás de comer Luis, pero el resto de la gente sí tiene hambre.
—Eso me dice mi mujer. Recorrí el barrio llevé las propuestas, invité a participar, esas cosas. Viste Murillas, abrieron el Centro de Salud para la votación, qué me decís, es la primera vez que se abre un ámbito gubernamental para esto. Eso es bueno para el vecino, es una forma en que puede ver el compromiso.
Asiento. 
Para le mejorado fueron seleccionadas las cuadras Ruperto Godoy entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Llerena entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Huergo entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Agustín Delgado entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Martín Zapata entre Alberdi y Lisandro de la Torre;  J.R. Pérez entre Alberdi y Arenales; José del Campillo entre Alberdi y Arenales; Monasterio entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Alberdi entre Agustín Delgado y Ruperto Godoy.

En total son 2.200 metros de mejorado. Escribo el nombre de las calles, estimado lector y me pregunto si las conoce, si las sabe despojadas de la comodidad del asfalto, si las ha visto los días de lluvia, si las ha caminado envuelto en tierra los días de viento, si usted sabe o tan siquiera imagina. Probablemente no, para saber de la necesidad hay que verla, andarla, compartirla.




jueves, 12 de septiembre de 2013

Mirando a la izquierda…también del puente



COMUNIDAD propone crear una Reserva Natural Municipal en el Oeste del valle aluvional del río Salado









Calor, viento. Mal humor, no mío, yo soy atérmico, además de inmune al viento caliente que está, en este preciso momento, levantando polvareda en toda la ciudad, literal y metafóricamente también.
Camino la Costa de Oro. La camino despacio. Miro. Veo.
Luis (Luis Martínez, coordinador de Desarrollo Territorial, para más datos), que no es atérmico ni inmune al viento caliente y seco, y que camina a mi lado, me señala algo que para mí no es más que una insignificancia verdosa emergiendo de la tierra negra que va dejando el río mientras como quien dice, se retira de nuestra costa inundable.
—¿Ves? —me dice señalando un brote tímido y brillante.
—La verdad que poco.
—Este clima te predispone al sarcasmo.
—Está bien, veo, pero ¿qué veo?
—Lo que te venía diciendo, ni bien el agua se va la zona tiende a regenerarse.
—Huhummm —gruño, bufo, rebuzno.
—¿El clima te pone escéptico también, Murillas?
—Más bien incrédulo. No me parece prueba suficiente.
—Esto debería ser un monte de árboles y arbustos autóctonos. Hay que proteger la zona, no podemos seguir destruyéndola. Crear conciencia de que hay que pensar el desarrollo comunitario y el crecimiento -urbano, económico-, en equilibrio con el medio ambiente.
—Conciencia, comunitario, equilibrio, medio ambiente. Todo en una sola oración. Mirá que sos subversivo, che.
—No jodás con la mala palabrita.
—Qué tiene la palabrita.
—Pasado tiene, y sangre.
—Habría que construirle un futuro, entonces.
—El especialista en palabras sos vos.  Ahí hay más —me dice señalando lo que, según él será un aromito —, mirá el agua —me dice después.
No se conforme con hacerme admirar la tierra, dos pasos después estoy mirando, atónito, repollitos de agua. Mientras miro trato de explicarme por qué Luis me los señala y me habla de ellos como si fueran esmeraldas que andan ahí, flotando.
¿Entendés?, me dice. Más o menos le digo yo.
Luis Martínez coordina COMUNIDAD, coordina él, porque es el más antiguo.   COMUNIDAD recorre los barrios, hace actividades comunitarias y publica notas.
—Vos te das cuenta de que los santotomesinos,  los que saben que ustedes existen, y no por echarte el ánimo abajo pero son pocos, creen que ustedes hacen asistencia social.
—Sí ya sé. Nosotros, fundamentalmente, impulsamos políticas públicas.
—Yo lo sé, lo que tigo es que la mayoría de los santotomesinos no lo saben.
—Hace unos días un vecino, que hace como diez años que es parte de COMUNIDAD, va y me dice, Luis, ahora me parece que voy entendiendo lo que vos querés hacer.
—Te hace falta prensa Luis —le digo mientras me agacho y me concentro en unas hojitas verdes que apenas asoman del suelo, y sigo tratando de entender.
—A  lo mejor tenés razón pero yo creo que lo que nos hace falta es conciencia ciudadana.  
—¡Ah!, entonces no te puedo ayudar. Eso pedile a algún dios.
—No jodás que hace calor. Si la gente se interesa por la cosa pública… Protagonismo popular más inclusión social más democracia participativa, Murillas, dos más dos cuatro.  Y es en el espacio público se ejerce la democracia.
—Que dos más dos es cuatro es bastante discutible.
—Cuando hay viento no se puede hablar con vos.
—Y el proyecto de crear una Reserva Natural Municipal en el Oeste del valle aluvional del río Salado, sería...
—Sería una propuesta más. Un tema para el debate. Un tema que entregamos a la ciudadanía en su conjunto para que se hagan cargo.
—Cargo me suena a: yo hablo, ustedes trabajen.
—Cargo es, estimado amigo,  entender que la inclusión se construye de manera horizontal.
Ni bien llegué a casa, después de una ducha durante la que seguía tratando de entender, me encontré buscando en el diccionario la palabra comunidad y encontré:
En antiguo latín comoine[m] significaba ‘conjuntamente’, ‘en común’.
Commune [neutro] significaba ‘comunidad’.
Communis (en latín arcaico commonis) es palabra compuesta de com + munis que significa ‘corresponsable’, ‘cooperante’, ‘que colabora a realizar una tarea’.
Munis, mune significa en latín ‘servicial’, ‘cumplidor de su deber’.
De ahí que in-munis signifique ‘exento de toda obligación’, ‘libre’

Si le parece, estimado lector, usted también, trate de entender.