Sarmiento y Centenario, ahí, justo ahí, sobre la bicicleta, un pie
descansando sobre el pedal, el otro apoyado sobre el asfalto, las manos
cerradas sobre el manubrio, la cabeza apretando el cuello torcido para
mirar hacia atrás, hacia Belgrano, hacia Libertad, hacia Iriondo, el río
la isla, el tallerista comienza su jornada. Después la cabeza gira y
el cuello parece desenroscarse para volver a retorcerse, ahora para
mirar hacia 25 de Mayo, Castelli, hacia la Sarmiento agrumada en el
calor de la mañana. Es sábado, hace calor, Sarmiento es una calle gris y
agitada; demasiado angosta. Uno siente que lo ajusta, lo aprieta. Él
mira a ambos lado de la calle y decide que puede, como quien dice,
lanzarse y, lo hace; levanta el pie que ha estado, de punta, asentado en
el asfalto y, apoyándolo en el pedal, se da impuso irguiendo un poco el
cuerpo, haciendo un movimiento hacia delante hacia la dirección en la
que se encamina o mejor dicho bicicletea. Es media mañana así que el
tránsito es regular, automóviles, motos, el colectivo, otras bicicletas,
se alinean de mala gana, obligadamente ordenados por la estrechez de la
calzada. Él pedalea despacio reconcentrado en lo que podríamos llamar
el horizonte, ese lugar donde Sarmiento engañosamente parece terminar,
pero no ese el sitio al que se dirige.
Va sentado un poco encorvado y en el canasto de la bicicleta carga un
cuaderno, uno común y corriente que guarda una birome que se sujeta por
el capuchón a la tapa blanda.
Fidela Valdez atraviesa Sarmiento a la altura del 3900, a la izquierda,
justo antes de doblar para entrar por la calle hacia el sur, hay una
casa. Él se detiene unos segundo a observarla, como cada semana, algo en
las paredes agrisadas -que alguna tal vez fueron blancas, piensa-; algo
en el amplísimo jardín del frente que parece abrazar la casa para
continuar en el fondo, lo retiene cada vez, durante unos segundos.
Ha estado internado así que su mente está un poco más lenta que de
costumbre, él lo sabe, pero ya no piensa en esas cosas. Alguna vez lo
hizo, alguna vez no quiso someterse a la medicación que a la vez que le
permitía insertarse en su mundo su micromundo, lo arrancaba de algún
modo también de él, digo, del mundo pero también de él mismo.
Absorto en la casa no escucha el bocinazo que le reclama por la inmovilidad en medio de la calle, en medio de la mañana.
Ahora ha doblado definitivamente hacia el sur, se ha bamboleado sobre la
bicicleta al, como quien dice, “bajar” del asfalto hacia la calle de
tierra; ha rebotado sobre el asiento y el cuaderno se ha sobresaltado
dentro del canasto perdiendo su pasajera que se ha soltado de la tapa
para caer y rodar, inadvertida, hacia los pastos que bordean la calle y
que enjutos, se meten en el cordón cuneta.
Al llegar a la primera esquina ha “subido”, por una rampa de tierra
hacia el predio donde se extiende el playón deportivo, ha echado una
mirada a la construcción que algún día, probablemente lejano, será un
baño y que está detenida desde hace tiempo a la altura del techo, ha
visto que el pasto ha comenzado a crecer dentro; ha pedaleado sobre la
vereda y se ha enfrentado al doble portón verde, abierto por una hoja,
se ha bajado y ha ingresado a la Vecinal Oeste.
Ahora dejará la bicicleta mientras murmura un hola quedo y corto y se
sentará a la mesa larga -la mesa y el tablón- que tiene a los lados un
banco deslucido que pudo hacer sido de iglesia, o al otro lado, sobre
otro banco sin respaldo, verde y nuevo, hecho con jirones de madera.
Dejará la bicicleta entonces, y se sentará con la cabeza un poco
inclinada, tirada hacia adelante, como queriendo meter la mirada en los
intersticios de la madera; alguien le alcanzará una birome y él dirá
gracias; alguien le preguntará por qué estuvo ausente las semanas
aquellas de las que él tiene vagos recuerdos de enfermeras, inyecciones
primero, píldoras después; alguien le preguntará si escribió. Él
sonreirá, levantando un poco la cabeza, solo un poco, contestará me
raptaron los extraterrestres y abrirá el cuaderno; después leerá unos
veros cerrados oscuros.
sábado, 23 de agosto de 2014
viernes, 22 de noviembre de 2013
LA CIUDAD DIBUJADA …hoy, lejos de las bicicletas de la costanera
Barrio Las Vegas, tierra, sol, cunetas, sol, agua servida,
sol, algunas madres, niños, sol y más sol.
El Centro comunitario se levanta, blanco, al sol, paredes blancas, piso de mosaicos, esos que llamamos de granito, con pintas negras y blancas. Destaco el piso porque las casas que conozco en Las Vegas, no tienen piso, algunas ningún tipo de piso, sólo tierra apisonada, otras lo tienen de cemento, un cemento que se va rajando y oscureciendo como los pies que lo pisan sin calzado, porque es verano o porque no hay calzado con qué pisar el cemento, o la tierra apretada, como los dientes y como el deseo.
A las cuatro de la tarde las puertas del Centro Comunitario están abiertas, allí, los días de semana funcionan diferentes talleres municipales del programa “Viví tu barrio”. Es el día de la muestra anual y coordinadores y asistentes exponen el producido durante el año; también dan testimonio sobre la experiencia.
Estaciono el R12 a unos metros del lugar bajo un árbol único.
Entro, saludo, me siento.
Érica Firbeda coordina los talleres, la veo serena y sonriente, mirando con atención, alentando, felicitando, agradeciendo.
Escucho una grabación imprecisa del taller de radio. Veo la imprecisa coreografía de un gato y una chacarera. Los alumnos no pueden asistir de forma continua a los talleres y los coordinadores, lejos de sentarse a esperar, militan su trabajo, andan el barrio, buscan los chicos, los alientan, los contienen; en estas consideraciones los testimonios de los coordinadores se repiten.
Salimos del salón a escuchar al taller de murga, por el calor y para no quedarnos sordos. Encuentro la foto, eso creo, me sé pésimo fotógrafo así que cuando llego a casa y enciendo la computadora la foto no está o por mejor decir está pero no dice, estimado lector, lo que quería decirle con ella, así que elijo otra, pero no me resigno a no mostrársela así que se la cuento: yo miraba una niña con el pelo color zanahoria y pecas en las mejillas y cuando creí que allí estaba mi foto para usted, lector, entonces, por azar nomás, porque giré un poco la cabeza, lo veo, o más bien le veo los ojos al niño, la mirada, esa que no capté con la cámara, esa que seguramente hace que para cada uno de los coordinadores el trabajo valga la pena. Azota el tambor reconcentrado en no perder el ritmo y los ojos, negros los ojos, como quien dice, le van brillando por toda la cara hasta bajar a las manos que saltan al ritmo de los palillos del tambor.
“No, no vino, los otros días le pegaron delante mío” no alcanzo a saber quién le ha hablado a quién entre las mujeres que coordinan los tallers donde los asistentes se repiten, según pude entender, así que de algún modo los comparten, a los niños y a sus realidades elajadas de las bicicletas de la costanera. Las mujeres se vienen acercando al círculo de tambores rojos y amarillos que han formado los pequeños murgueros. Decido no indagar. Estoy disfrutando, hace calor y no quiero saber demasiado.
Un par de minutos de ruido intenso, desacompasado preceden al logro, de pronto la murga suena en la tarde, repiquetea bajo el sol y las sonrisas aparecen.
Después de los aplausos regresamos al salón. Alguien comenta sobre los que no entienden nada y han roto cosas en el Centro Comunitario, vandalismo dicen, a pesar del vandalismo dicen, acá estamos y muestran.
Sobre un tablón los puntos equidistantes del crochet y sobre una mesa la madera lijada, pintada, dominada por los chicos del taller de carpintería. Detrás, sobre una pared, los dibujos del taller de artes plásticas. No conozco el nombre del coordinador, Tincho lo llaman. Edisto Hernández, me apuntan.
Algunas consideraciones sobre los trabajos, algunas precisiones sobre la obtención de colores y cosas que escucho a medias hasta que una frase que va a repetir para los distraídos capta mi atención: ellos no son todo el tiempo niños.
"Ellos a veces son hombres, no sé si me entienden, no sé si entienden lo que quiero decir", más que aclarar, inquiere el coordinador, creo que la voz se corta un poco, solo un poco y solo una fracción de segundo en mitad de la frase, “ellos no son chicos todo el tiempo”, los señala, los abarca con los brazos.
"Yo busco que las dos horas que pasan acá sean chicos, jueguen, sean felices esas dos horas nada más".
Los papeles en la bolsa, va gritando Firbeda y los niños se acercan y van llenando la bolsa con los envoltorios de los alfajores de chocolate que son su premio al esfuerzo. Un nena de rosa está parada junto mí y junto a ella, sobre el suelo, el papel dorado y arrugado por el apretón.
Ese papel es tuyo, me parece, le digo porque la he visto tirarlo al suelo.
No, me contesta.
Me voy riendo.
El Centro comunitario se levanta, blanco, al sol, paredes blancas, piso de mosaicos, esos que llamamos de granito, con pintas negras y blancas. Destaco el piso porque las casas que conozco en Las Vegas, no tienen piso, algunas ningún tipo de piso, sólo tierra apisonada, otras lo tienen de cemento, un cemento que se va rajando y oscureciendo como los pies que lo pisan sin calzado, porque es verano o porque no hay calzado con qué pisar el cemento, o la tierra apretada, como los dientes y como el deseo.
A las cuatro de la tarde las puertas del Centro Comunitario están abiertas, allí, los días de semana funcionan diferentes talleres municipales del programa “Viví tu barrio”. Es el día de la muestra anual y coordinadores y asistentes exponen el producido durante el año; también dan testimonio sobre la experiencia.
Estaciono el R12 a unos metros del lugar bajo un árbol único.
Entro, saludo, me siento.
Érica Firbeda coordina los talleres, la veo serena y sonriente, mirando con atención, alentando, felicitando, agradeciendo.
Escucho una grabación imprecisa del taller de radio. Veo la imprecisa coreografía de un gato y una chacarera. Los alumnos no pueden asistir de forma continua a los talleres y los coordinadores, lejos de sentarse a esperar, militan su trabajo, andan el barrio, buscan los chicos, los alientan, los contienen; en estas consideraciones los testimonios de los coordinadores se repiten.
Salimos del salón a escuchar al taller de murga, por el calor y para no quedarnos sordos. Encuentro la foto, eso creo, me sé pésimo fotógrafo así que cuando llego a casa y enciendo la computadora la foto no está o por mejor decir está pero no dice, estimado lector, lo que quería decirle con ella, así que elijo otra, pero no me resigno a no mostrársela así que se la cuento: yo miraba una niña con el pelo color zanahoria y pecas en las mejillas y cuando creí que allí estaba mi foto para usted, lector, entonces, por azar nomás, porque giré un poco la cabeza, lo veo, o más bien le veo los ojos al niño, la mirada, esa que no capté con la cámara, esa que seguramente hace que para cada uno de los coordinadores el trabajo valga la pena. Azota el tambor reconcentrado en no perder el ritmo y los ojos, negros los ojos, como quien dice, le van brillando por toda la cara hasta bajar a las manos que saltan al ritmo de los palillos del tambor.
“No, no vino, los otros días le pegaron delante mío” no alcanzo a saber quién le ha hablado a quién entre las mujeres que coordinan los tallers donde los asistentes se repiten, según pude entender, así que de algún modo los comparten, a los niños y a sus realidades elajadas de las bicicletas de la costanera. Las mujeres se vienen acercando al círculo de tambores rojos y amarillos que han formado los pequeños murgueros. Decido no indagar. Estoy disfrutando, hace calor y no quiero saber demasiado.
Un par de minutos de ruido intenso, desacompasado preceden al logro, de pronto la murga suena en la tarde, repiquetea bajo el sol y las sonrisas aparecen.
Después de los aplausos regresamos al salón. Alguien comenta sobre los que no entienden nada y han roto cosas en el Centro Comunitario, vandalismo dicen, a pesar del vandalismo dicen, acá estamos y muestran.
Sobre un tablón los puntos equidistantes del crochet y sobre una mesa la madera lijada, pintada, dominada por los chicos del taller de carpintería. Detrás, sobre una pared, los dibujos del taller de artes plásticas. No conozco el nombre del coordinador, Tincho lo llaman. Edisto Hernández, me apuntan.
Algunas consideraciones sobre los trabajos, algunas precisiones sobre la obtención de colores y cosas que escucho a medias hasta que una frase que va a repetir para los distraídos capta mi atención: ellos no son todo el tiempo niños.
"Ellos a veces son hombres, no sé si me entienden, no sé si entienden lo que quiero decir", más que aclarar, inquiere el coordinador, creo que la voz se corta un poco, solo un poco y solo una fracción de segundo en mitad de la frase, “ellos no son chicos todo el tiempo”, los señala, los abarca con los brazos.
"Yo busco que las dos horas que pasan acá sean chicos, jueguen, sean felices esas dos horas nada más".
Los papeles en la bolsa, va gritando Firbeda y los niños se acercan y van llenando la bolsa con los envoltorios de los alfajores de chocolate que son su premio al esfuerzo. Un nena de rosa está parada junto mí y junto a ella, sobre el suelo, el papel dorado y arrugado por el apretón.
Ese papel es tuyo, me parece, le digo porque la he visto tirarlo al suelo.
No, me contesta.
Me voy riendo.
viernes, 8 de noviembre de 2013
LA CIUDAD DIBUJA....hoy, las siete de la tarde
La costanera... la ando, como una oruga anda el tronco de un
árbol entre músculos exigidos, la ando, entre caderas y caras enrojecidas, la
ando. La ando, la voy mirando.
Diáfana, relumbra bajo el sol, se estirada, bosteza sudores y patines con trenzas mientras la ando.
Una jovencita corre aferrada a la correa de un perro que corre; corre o vuela y va dejando un halo de perfume a vainilla donde flota una cabellera imposible.
Las mujeres prefieren la compañía, combinan el bamboleo de sus caderas con la charla animada.
Los hombres prefieren trotar concentrados en la respiración agitada, algo como un bufido que los precede y los excede, una burbuja dentro la cual van sudando y golpeando rítmicamente el suelo.
Un niño levanta el boguero y el anzuelo aletea peligroso hasta enredarse en una mata de pelo cano que vigila el pie del niño, que asoma más allá del borde de cemento como espiando la correntada donde un pez salta haciéndose visible fuera del agua.
—¡Abuelo abuelo! —el niño señala el agua, el movimiento huidizo del pez.
El viento costero alza la voz y el niño alza la caña y la línea liviana y el anzuelo liviano que planean unos segundos antes de caer al agua.
El hombre del bastón, el que antes trotaba y cruzaba el río, el que trotó y cruzó el río a nado y en zigzag por años, siempre a la misma hora, esquiva las miradas por timidez o tal vez exilio al interior.
Choco, como quien dice, contra los pilares del puente y como esos autitos a pila, cuando topan con una pared, reboto y doy la vuelta y sigo caminando.
Una mujer me ofrece pan casero -recién hecho, me dice- y la voz de un niño asciende desde mis rodillas
—¿No quiere un perrito señor?
Digo no y el niño se aleja. Lo veo aferrarse a la falda de su madre, señalarme y abrazar con fuerza al cachorro.
Desciendo las escaleras y me siento frente al río, extrañamente no puedo verlo, lo escucho pasar rumoroso, como siempre, pero no puedo verlo, solo veo un carro que dejé atrás, pudriéndose al sol, un carro y sobre él un hombre oscuro, oscuro el pelo, la piel, oscura la remera, los ojos oscuros y el mirar y a su lado veo un niño que apenas ha dejado de ser un bebé, un niño blanco, blanca las mejillas, las manos tan blancas; blanca la remera la sonrisa la boca, la mirada.
Diáfana, relumbra bajo el sol, se estirada, bosteza sudores y patines con trenzas mientras la ando.
Una jovencita corre aferrada a la correa de un perro que corre; corre o vuela y va dejando un halo de perfume a vainilla donde flota una cabellera imposible.
Las mujeres prefieren la compañía, combinan el bamboleo de sus caderas con la charla animada.
Los hombres prefieren trotar concentrados en la respiración agitada, algo como un bufido que los precede y los excede, una burbuja dentro la cual van sudando y golpeando rítmicamente el suelo.
Un niño levanta el boguero y el anzuelo aletea peligroso hasta enredarse en una mata de pelo cano que vigila el pie del niño, que asoma más allá del borde de cemento como espiando la correntada donde un pez salta haciéndose visible fuera del agua.
—¡Abuelo abuelo! —el niño señala el agua, el movimiento huidizo del pez.
El viento costero alza la voz y el niño alza la caña y la línea liviana y el anzuelo liviano que planean unos segundos antes de caer al agua.
El hombre del bastón, el que antes trotaba y cruzaba el río, el que trotó y cruzó el río a nado y en zigzag por años, siempre a la misma hora, esquiva las miradas por timidez o tal vez exilio al interior.
Choco, como quien dice, contra los pilares del puente y como esos autitos a pila, cuando topan con una pared, reboto y doy la vuelta y sigo caminando.
Una mujer me ofrece pan casero -recién hecho, me dice- y la voz de un niño asciende desde mis rodillas
—¿No quiere un perrito señor?
Digo no y el niño se aleja. Lo veo aferrarse a la falda de su madre, señalarme y abrazar con fuerza al cachorro.
Desciendo las escaleras y me siento frente al río, extrañamente no puedo verlo, lo escucho pasar rumoroso, como siempre, pero no puedo verlo, solo veo un carro que dejé atrás, pudriéndose al sol, un carro y sobre él un hombre oscuro, oscuro el pelo, la piel, oscura la remera, los ojos oscuros y el mirar y a su lado veo un niño que apenas ha dejado de ser un bebé, un niño blanco, blanca las mejillas, las manos tan blancas; blanca la remera la sonrisa la boca, la mirada.
sábado, 19 de octubre de 2013
LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, caminantes
Amanece sobre el río.
Santa Fe se oculta tras el sol, el puenteo oscila hacia arriba y hacia abajo, levemente, incansablemente, sobre los pilares flotantes. Resiste
Caminaba, creo que no pensaba en nada hasta que la vi. Pesará uno cuarenta kilos máximos y le calculo entre 40 y 45 años aunque la extrema delgadez tal vez haga que me engañe. Camina con rigor, pisa fuerte, da pasos largos siempre mirando para abajo, en la mano izquierda lleva una llave, la mano fuertemente apretada blanquea en los nudillos. Viste un conjunto deportivo que más parece un pijama, es color verde militar. Blanca, quiero decir que es una mujer rubia con el pelo echando algunas canas. Más allá, en sentido contrario un hombre entre cincuenta y sesenta, con bastón y andar dificultoso, ondulante; su cuerpo se ondula a cada paso recordándome el desplazarse de las culebras sobre la arena. Antes, hasta no hace muco, corría y después cruzaba el río a nado en zigzag desde la playa hasta el anfiteatro, iba y venía de costa a costa, las zaptillas provisoriamente abandonadas para ser calzadas con los pies cargados de río y seguir corriendo. Antes cuando la enfermedad no era evidente como ahora, desde hace un año tal vez, cuando el andar ondulante y dificultoso necesitó de un bastón.
No sé sus nombres, no sé nada de ellos, solo sé de sus caminatas, pero los siento conocidos porque los veo desde años, todos los días.
Llegado por una sensibilidad poco frecuente en mí, pienso que algún día no los veré más y me asombro de mi optimismo respecto de mi propia vida, la que me queda quiero decir, como si hoy, por algún motivo que no alcanzo a comprender, me supiese eterna o tal vez a salvo de la muerte, incluso de la vida misma.
Ninguno me saluda, una con la mirada en el piso, el otro con la mirada en un horizonte que solo él puede ver.
Santa Fe se oculta tras el sol, el puenteo oscila hacia arriba y hacia abajo, levemente, incansablemente, sobre los pilares flotantes. Resiste
Caminaba, creo que no pensaba en nada hasta que la vi. Pesará uno cuarenta kilos máximos y le calculo entre 40 y 45 años aunque la extrema delgadez tal vez haga que me engañe. Camina con rigor, pisa fuerte, da pasos largos siempre mirando para abajo, en la mano izquierda lleva una llave, la mano fuertemente apretada blanquea en los nudillos. Viste un conjunto deportivo que más parece un pijama, es color verde militar. Blanca, quiero decir que es una mujer rubia con el pelo echando algunas canas. Más allá, en sentido contrario un hombre entre cincuenta y sesenta, con bastón y andar dificultoso, ondulante; su cuerpo se ondula a cada paso recordándome el desplazarse de las culebras sobre la arena. Antes, hasta no hace muco, corría y después cruzaba el río a nado en zigzag desde la playa hasta el anfiteatro, iba y venía de costa a costa, las zaptillas provisoriamente abandonadas para ser calzadas con los pies cargados de río y seguir corriendo. Antes cuando la enfermedad no era evidente como ahora, desde hace un año tal vez, cuando el andar ondulante y dificultoso necesitó de un bastón.
No sé sus nombres, no sé nada de ellos, solo sé de sus caminatas, pero los siento conocidos porque los veo desde años, todos los días.
Llegado por una sensibilidad poco frecuente en mí, pienso que algún día no los veré más y me asombro de mi optimismo respecto de mi propia vida, la que me queda quiero decir, como si hoy, por algún motivo que no alcanzo a comprender, me supiese eterna o tal vez a salvo de la muerte, incluso de la vida misma.
Ninguno me saluda, una con la mirada en el piso, el otro con la mirada en un horizonte que solo él puede ver.
LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, la feria
Parafraseando
a Juan José Saer, amanece y ya estoy con los ojos abiertos. Me acosté tarde y
con una sensación de plenitud poco frecuente en mis neuronas. Había caminado la
feria del libro, había mirado, conversado, escuchado.
La feria de
Santo Tomé tiene cierto aire de algarabía, no sé si será porque así somos los
santotomesinos, por el aire costero que se cuela en las carpas o por la llegada
de Dolina.
Libros
libros y más libros, mirados, comprados, donados, manoseados, deseados; escritores
locales con sus esperanzas bajo el brazo; ex combatientes, libreros comerciantes
y libreros militantes -de los libros, se entiende-; niños -la humanidad insiste
en procrear aunque a diario le anuncien que el mundo se acaba en cualquier
momento-, niños sumisos colgados de las manos de sus padres y niños gritones saltadores
reidores, llevando a rastras a sus padres.
Guitarras
en el anfiteatro frente al río opulento y Diego Reynoso, presidente del Instituto
Belgraniano del Litoral, en la intimidad
del auditorio del Jardín Nº 25, poniendo como quien dice, los mojones de una
idea en la cabeza de los santotomesinos: Santo Tomé, una ciudad Belgraniana, anclada en la historia y la leyenda.
Narradores
orales, teatro, presentaciones. Imposible ver todo hay que elegir, por gusto o
por azar da igual, así que elegí y disfruté.
domingo, 13 de octubre de 2013
Las Vegas. Algo más que lo que se ve, que lo que se sale en los diarios
Presupuesto
participativo tuvo su jornada de votación el sábado en el Barrio La Vegas
Alberdi, las vías, la tierra clara manchada de
amarillo, azul, blanco, colores móviles, colores que el viento arrastra, bolsas,
envases, plásticos, objetos irreconocibles, fragmentos del barrio, también del
resto de la ciudad que se arrastran cuadra a cuadra en los terrenos baldíos
entre los cardos florecidos, las cunetas; entre los caballos que pastan
cansados, los perros flacos, parecen ratas los perros y a mitad de cuadra, de
una cuadra idéntica a cualquier otra, abierto y bullicioso, el Centro
Comunitario, como quien dice, blandiendo los afiches que ondean en el gris de
la mañana.
Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura
que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el
Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen
cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma,
sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües
pluviales, que finalmente ganará con 124 votos. Mujeres
sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de
tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los
adolescente.
Timidez, algo de pudor. Sonrisas.
Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma, sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües
pluviales, que finalmente ganará con 124 votos.
Mujeres
sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de
tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los
adolescentes. Timidez, algo de pudor. Sonrisas.
Lo que más necesitamos me dice y no me aclara,
es obvio así que no me lo aclara, da por sentado que comprendo, yo, que vendo
del asfalto y el agua corriente y las cloacas y el paso regular del colectivo,
tengo que saber y me pregunto si sé.
¿Sabemos los santotomesinos sobre estos otros, también santotomesinos?
Escucho el ruido de un rifle de aire
comprimido. Sabré después, cuando me acerque al otro centro de votación, el
Centro de Salud Lisandro de la Torre, que hay un herido, un niño o un joven –no
querré ahondar- que será llevado al SAMCO.
—Es que es difícil vivir acá porque la gente
cree que somos todos delincuentes y no es así, hay sí pero la mayoría somos
gente de trabajo que quiere progresar.

Dalila Moyano es la vicepresidente de la
Vecinal y hoy es fiscal de la votación.
Los ojos oscuros, jóvenes, se opacan.
—En la ciudad todos piensan que somos
delincuentes, ni trabajo nos dan cuando decimos dónde vivimos. Tenemos que
convivir con la delincuencia y encima los demás nos discriminan.
En la ciudad…me quedo pensando en esas palabras,
¿acaso el barrio Las Vegas no es parte de la ciudad?
—Una nena le dijo a su mamá qué tenía que
votar. ¿Se da cuenta Murillas?, los chicos saben lo que quieren, lo que nos
hace más falta
Me doy cuenta, veo los pies calzados con
ojotas, las marcas de caminar siempre en la tierra y el barro y me doy cuenta.
Más tarde, en el Centro de Salud, Betu Argüello, miembro de COMUNIDAD, me responderá cuando le pregunte sobre cómo maneja el contacto con tanta necesidad “..y se maneja” la estaré mirando a la cara a través del visor de la cámara y desistiré de fotografiarla, no registraré sus ojos claros enrojecidos por las lágrimas.
Yo escribo, me dirá Fabián Cabrera reconocido
por sus versos en el barrio y en COMUNIDAD. Hay que pensar en lo que uno da
aunque lo que pueda darse sea solo un buen rato ese día, que la pasen bien un
rato me dirá sin sonreír.
—¿Qué les parece esto de participar, de decidir
qué tiene que hacer el municipio en el barrio?
—Es la primera vez que nos preguntan. Que
alguien nos pregunta algo.
Es la primera vez que nos preguntan. Escucharé
la frase durante toda la mañana, saldrá de boca de los votantes, de Paola fiscalizadora
de la mesa en el Centro de Salud, donde Luis Martínez, coordinador de
Desarrollo Territorial, comerá un par de bocados, nada más, de un plato de
fideos que le alcanzarán desde el comedor sin que lo pida.
—¿Dónde andabas? casi te quedás sin comer ¿Ya comieron en el Centro? —Betu
—¿Dónde andabas? casi te quedás sin comer ¿Ya comieron en el Centro? —Betu
riéndose.
Risas. También yo me río.
—No sé —Luis, con el tenedor suspendido en el
aire.
—Es que vos siempre te olvidás de comer Luis,
pero el resto de la gente sí tiene hambre.
—Eso me dice mi mujer. Recorrí el barrio llevé
las propuestas, invité a participar, esas cosas. Viste Murillas, abrieron el
Centro de Salud para la votación, qué me decís, es la primera vez que se abre
un ámbito gubernamental para esto. Eso es bueno para el vecino, es una forma en
que puede ver el compromiso.
Asiento.
Para le mejorado fueron seleccionadas las cuadras Ruperto Godoy entre
Alberdi y Lisandro de la Torre; Llerena
entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Huergo
entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Agustín Delgado entre Alberdi y Lisandro
de la Torre; Martín Zapata entre Alberdi
y Lisandro de la Torre; J.R. Pérez entre Alberdi y Arenales; José del Campillo entre Alberdi y Arenales; Monasterio
entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Alberdi entre Agustín Delgado y Ruperto
Godoy.
En total son 2.200 metros de mejorado. Escribo el nombre de las calles, estimado lector y me pregunto si las conoce, si las sabe despojadas de la comodidad del asfalto, si las ha visto los días de lluvia, si las ha caminado envuelto en tierra los días de viento, si usted sabe o tan siquiera imagina. Probablemente no, para saber de la necesidad hay que verla, andarla, compartirla.
En total son 2.200 metros de mejorado. Escribo el nombre de las calles, estimado lector y me pregunto si las conoce, si las sabe despojadas de la comodidad del asfalto, si las ha visto los días de lluvia, si las ha caminado envuelto en tierra los días de viento, si usted sabe o tan siquiera imagina. Probablemente no, para saber de la necesidad hay que verla, andarla, compartirla.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Mirando a la izquierda…también del puente
COMUNIDAD
propone crear una Reserva Natural Municipal en el Oeste del
valle aluvional del río Salado
Calor, viento. Mal humor, no mío, yo soy atérmico, además de inmune al viento caliente que está, en este preciso momento, levantando polvareda en toda la ciudad, literal y metafóricamente también.
Camino la
Costa de Oro. La camino despacio. Miro. Veo.
Luis (Luis
Martínez, coordinador de Desarrollo Territorial, para más datos), que no es
atérmico ni inmune al viento caliente y seco, y que camina a mi lado, me señala
algo que para mí no es más que una insignificancia verdosa emergiendo de la
tierra negra que va dejando el río mientras como quien dice, se retira de
nuestra costa inundable.
—¿Ves? —me
dice señalando un brote tímido y brillante.
—La verdad
que poco.
—Este clima te predispone al sarcasmo.
—Está bien,
veo, pero ¿qué veo?
—Lo que te
venía diciendo, ni bien el agua se va la zona tiende a regenerarse.
—Huhummm
—gruño, bufo, rebuzno.
—¿El clima
te pone escéptico también, Murillas?
—Más bien
incrédulo. No me parece prueba suficiente.
—Esto
debería ser un monte de árboles y arbustos autóctonos. Hay que proteger la
zona, no podemos seguir destruyéndola. Crear conciencia de que hay que pensar
el desarrollo comunitario y el crecimiento -urbano, económico-, en equilibrio
con el medio ambiente.
—Conciencia,
comunitario, equilibrio, medio ambiente. Todo en una sola oración. Mirá que sos
subversivo, che.
—No jodás
con la mala palabrita.
—Qué tiene
la palabrita.
—Pasado
tiene, y sangre.
—Habría que
construirle un futuro, entonces.
—El
especialista en palabras sos vos. Ahí
hay más —me dice señalando lo que, según él será un aromito —, mirá el agua —me
dice después.
No se
conforme con hacerme admirar la tierra, dos pasos después estoy mirando,
atónito, repollitos de agua. Mientras miro trato de explicarme por qué Luis me
los señala y me habla de ellos como si fueran esmeraldas que andan ahí, flotando.
¿Entendés?,
me dice. Más o menos le digo yo.
Luis
Martínez coordina COMUNIDAD, coordina él, porque es el más antiguo. COMUNIDAD recorre los barrios, hace
actividades comunitarias y publica notas.
—Vos te das cuenta de que los santotomesinos, los que saben que ustedes existen, y no por
echarte el ánimo abajo pero son pocos, creen que ustedes hacen asistencia
social.
—Sí ya sé. Nosotros, fundamentalmente, impulsamos políticas
públicas.
—Yo lo sé, lo que tigo es que la mayoría de los
santotomesinos no lo saben.
—Hace unos días un vecino, que hace como diez años que es
parte de COMUNIDAD, va y me dice, Luis, ahora me parece que voy entendiendo lo
que vos querés hacer.
—Te hace falta prensa Luis —le digo mientras me agacho y me
concentro en unas hojitas verdes que apenas asoman del suelo, y sigo tratando
de entender.
—A lo mejor tenés
razón pero yo creo que lo que nos hace falta es conciencia ciudadana.
—¡Ah!,
entonces no te puedo ayudar. Eso pedile a algún dios.
—No jodás que
hace calor. Si la gente se interesa por la cosa pública… Protagonismo popular
más inclusión social más democracia participativa, Murillas, dos más dos
cuatro. Y es en el espacio público se
ejerce la democracia.
—Que dos
más dos es cuatro es bastante discutible.
—Cuando hay
viento no se puede hablar con vos.
—Y el
proyecto de crear una Reserva Natural Municipal en el Oeste del valle
aluvional del río Salado, sería...
—Sería una
propuesta más. Un tema para el debate. Un tema que entregamos a la ciudadanía
en su conjunto para que se hagan cargo.
—Cargo me
suena a: yo hablo, ustedes trabajen.
—Cargo es,
estimado amigo, entender que la
inclusión se construye de manera horizontal.
Ni bien
llegué a casa, después de una ducha durante la que seguía tratando de entender,
me encontré buscando en el diccionario la palabra comunidad y encontré:
En antiguo latín comoine[m] significaba
‘conjuntamente’, ‘en común’.
Commune [neutro] significaba ‘comunidad’.
Communis (en latín arcaico commonis) es
palabra compuesta de com + munis que significa ‘corresponsable’,
‘cooperante’, ‘que colabora a realizar una tarea’.
Munis, mune significa en latín ‘servicial’,
‘cumplidor de su deber’.
De ahí que in-munis signifique ‘exento de toda
obligación’, ‘libre’
Si le parece, estimado lector, usted también, trate de
entender.
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