domingo, 23 de septiembre de 2012

El mingitorio de Duchamp -el arte y la ciudad-



Aclarado el misterio de los huevos fritos confieso cierta desilusión. Si bien la ubicación de los dibujos me hicieron sospechar que podrían estar vinculados a alguna cuestión relacionada con el tránsito, envuelto, sumergido en mi helado de chocolate que en ese momento era el mundo entero, elegí desechar el pensamiento racional intuitivo y dejarme llevar por el calorcito primaveral, y guardé la esperanza de que la pintada estuviera relacionada con el arte.   Todo esto aclarando que la idea, por original en su forma y forma de uso -la creación previa del misterio- no está en tela de juicio, más bien al contrario, divertida y participativa en sí misma, es todo un acierto.
Al igual que el mingitorio de Duchamp –exhibido con el título Fuente-, los huevos fritos admiten una lectura que su ubicación les confiere -al igual que la ubicación del mingitorio en el contexto de una exposición de arte-.
Huevos fritos en la cocina: un placer que aterra a los médicos -sobre todo a mi cardiólogo, el doctor Cejas-, ocupados en los niveles de colesterol. Huevos fritos pintados en las esquinas de la ciudad por el municipio con un fin determinado: un mensaje.
Huevos fritos en el Estrada Bello: mensaje + belleza = arte
Siendo la belleza (o su contratara el horror), el soporte del arte, el mensaje cifrado invita, pregunta, dispara, abre el debate.
Ahora bien, volviendo a las esquinas de la ciudad y sus huevos fritos, la misma imagen que un museo o galería de arte despertaría fascinación,  en otro contexto, se despoja de lo artístico para volverse solo mensaje con un fin útil: ponete el casco, no seas huevón, que si no estás frito.
La pieza de Duchamp fue votada en 2004 como la creación artística más influyente de los últimos cien años ¿por qué?, por su valor figurativo, su capacidad infinita de metáfora, otorgada por el contexto. Entonces, me pregunto, nuestros huevos fritos, con todo y asfalto en el Estrada Bello o con alguno de nuestros artistas plásticos atribuyéndose la obra, ¿qué racimo de múltiples interpretaciones, qué miríada de disparates alucinados o racionales habrían despertado?
Me paro sobre uno de los tantos huevos y lo miro y pienso e imagino la ciudad sin más tema de conversación que la clara y la yema, las discusiones apasionadas, las coincidencias, las jornadas de debate, la llegada de críticos y estudiantes. Imagino la ciudad entera detenida alrededor de  los huevos fritos; la ciudad como quien dice en la luna, ocupada de no ocuparse de nada útil, y no sé por qué me río y me río y me lleno de algo así como de un estado de gracia que hace tiempo no sentía. Me parece de acá me voy directo al museo a ver qué opina el Machi Maignien.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Lapacho, helado y huevos fritos



Caminando Centenario, de norte a sur, andando bajo la sombra protectora de los naranjos amargos que despiden el aroma dulzón de sus jazmines inmaculados, me sorprendo respirando hondo el aire dominguero del mediodía. Aunque camino hacia la avenida y de allí, doblando a la derecha iré hasta el sanatorio, no puedo quedarme en la pesadumbre que me ha dado la noticia de que mi amiga Blanca ha sufrido un ACV, la calidez del sol y el aroma de las flores me sacan de mis pensamientos agrisados y creo que sonrío.
Me vienen a la mente las voces de mi niñez, cuando la siesta no era para siestear, era para escaparse de los adultos adormilados, a hurtadillas y cruzar la ciudad al grito de  “guerra toronjas”,  envueltos en el sonido de las protestas y las risas; cruzarla hasta el río, con un mojarrero al hombro y, si había suerte, aventurarse en canoa hasta el otro lado, sentarse sobre los pastos duros de la barranca y pescar mojarras para la fritanga del atardecer. 
El lapacho inmenso de Centenario y San Martín ha florecido, o más bien estallado en un inmenso hongo rosado y palpitante, adueñándose de la calle, atrayendo las miradas, las de los que todavía miran más allá de sus narices.  El lapacho se yergue acercándose a los diez metros por encima de los naranjos verdeantes y el jardín de rosas de la esquina.
Durante la mañana del domingo el tránsito ralea, se licua,  por lo que no espero que el hombrecito blanco me autorice a cruzar.  La avenida vacía, las veredas despejadas, los negocios cerrados, parece otro Santo Tomé, el Santo Tomé de un sueño o tal vez de un delirio afiebrado.  Es otra la luz, son otros los colores, la avenida ni vibra, no palpita, no ruge, no grita.   
En el sanatorio la luz disminuye, el silencio es espeso como el aire quieto del lugar. La escalera es empinada y oscura. Me sorprende el contraste que encuentro en el pasillo, el número de personas que esperan no condice con el silencio. Una hilera de espaldas recostadas contra una pared amarilla frente a la puerta doble, en vaivén, de la terapia intensiva. Una hilera de caras alargadas y ojos inquietos. 
El resto es personal.
Regreso feliz como un niño, he caminado las cuadras me separan de la heladería y ahora, sorbiendo un helado de chocolate, mirando la bocha que transpira gotas marrones, como si el mundo entero cupiera allí y fuese un buen lugar, me siento de buen ánimo.
Dudo entre Lujan y 25 de Mayo, me decido por la última. Voy mirando sin interés las vidrieras de las tiendas, las zapaterías, el bazar, la cartelera del Centro Cultural. Las campanas del reloj de la Inmaculada me anuncian la hora. La plaza dormita bajo el sol y en la calle, sobre el asfalto, veo un huevo frito, no un huevo verdadero, sino la pintura de un perfecto huevo frito gigante, estampada en colores vivos, el blanco ondulante de la clara crujiente, los rojos, amarillos y naranjas de la yema.
Una cuadra más allá la pintura se repite. Me gusta y me hace gracia. Busco con la mirada con quién compartir la insólita obra pero la calle está, como quien dice, desierta.
Dejo al huevo frito cocinándose en el asfalto caliente de la primavera que ya está en la ciudad.

jueves, 16 de agosto de 2012

Una de remiseros, de los de antes y de los de ahora

Tristeza, de Anton Chejov


Miércoles de agua, agua y más agua, corriendo sobre las calles asfaltadas; barro y botas para lluvia en las calles de tierra, también algunas puteadas: justificadas. Calles sin suerte en el reparto de asfalto.
Roberto se levantó a las cinco y media. El primer viaje lo hizo a Santa Fe. Llevó, como cada día, una médica adormilada al hospital Cullen. Roberto intentó entablar conversación; el llamado metálico, falsamente melodioso del celular, se lo impidió. Ensimismado emprendió el regreso. En Santo Tomé lo esperaban tres cadetes del Liceo Militar, tres cadetes mudos a esa hora de la mañana, cada mañana, de lunes a viernes.  Roberto la sabe, los cadetes son monosilábicos hasta la exasperación. Pero esta mañana aguada Roberto intenta una charla.
—Ayer murió mi madre.
—¿Cuántos años tenía? —uno de ellos lo mira a los ojos a través del espejo retrovisor.
—Noventa y dos.
—Ah, era muy grande —el joven no puede evitar un gesto que muestra claramente que el hecho, por natural, predecible y hasta lógico, le parece insignificante.
—Pero era mi madre —intenta Roberto, mientras por el espejo retrovisor puede ver al cadete calzarse los auriculares; los otros dos ya los llevaban puestos cuando subieron al auto.
Igual que el cochero de Chejov, Roberto tenía algo que decir, algo que contar, algo que le quemaba en la garganta y, al igual que al viejo cochero, nadie tenía tiempo para escucharlo.
Para los que no conocen el cuento, algunos datos: un cochero, acaba de perder a su único hijo. En la noche invernal de una Rusia antigua y nevada, pasa el tiempo inmóvil esperando pasaje, esperando un ser vivo a quien contarle su desdicha. Las horas, los pasajeros y los viajes, lentos a tiro de caballo, pasan; el cochero no logra ser escuchado hasta que, sobre el final de la historia, descarga su angustia hablando con su caballo.
Roberto intentará una y otra vez –al igual que Yona-, contar los detalles de aquello que necesita decir: las últimas palabras que pronunció su madre, las últimas que él esperaba ella hubiera escuchado. Esa era su duda, esa era la llama que le quemaba.
Al mediodía el sol rompe algunas nubes, el aire se vuelve tibio y acuoso y el remisero regresa a su casa para un almuerzo frugal y solitario. 
“La tristeza”, tal el título del cuento,  fue escrito en 1897 en la Rusia anterior a la Revolución de Octubre. En el cuento –al igual que en toda su obra- Chejov no apela a las grandes situaciones ni a las grandes actitudes, es decir, no apela a lo espectacular, sino que, situando a sus personajes en un marco de vida ordinaria y las más de las veces sencilla, introduce en el proceso de la creación elementos en apariencia insignificantes, aunque en realidad henchidos de importancia: son a la manera de claves y producen efectos subliminales, que dan su justa dimensión y su profundidad al relato, logrando para él tanta intensidad como significación.
Pero, sentado en el auto blanco de Roberto, prestándole mi oreja atenta, no es en Chejov en quien pienso, aunque su historia me lo haya traído junto con el cuento a la memoria, sino en el hombre, digo, la humanidad del hombre –todos y todas- y en que, ya sea que se trate de 1897 o  de 2012, parece, que el problema que nos aqueja –uno de ellos al menos-  es el de la comunicación.  
Tendemos a creer que encontrar quién escuche, quién esté dispuesto a hacerlo, es un  problema actual, un mal de nuestra era globalizada y transitada, atravesada,  por las redes sociales –ese grotesco de la amistad, esa falsa ilusión de compañía-, pero el cuento de Anton Chejov lo desmiente -así  como lo desmiente  el nacimiento del psicoanálisis-, poniendo sobre el asfalto que lo humano, sin importar el rincón del mundo en que ocurra, ni el tiempo en que ocurre, para bien o para mal, se repite, se sostiene, perdura.
   

Cuento con recuerdos río y surubí

Para pibes –y no tanto- 


Los santotomesinos tenemos debilidad por el Salado, por la costa, por la isla. Bajo la luz verdosa de estos días lluviosos, la isla se recorta fantasmal y misteriosa. Así lejana, como saliendo de un sueño, a mí me trae recuerdos de mi niñez con barro, canoa, lombrices y mojarras. También me trae recuerdos de amigos que corrieron y nadaron a mi lado. Algunos de ellos ya no están por acá y para ellos y para los pibes que en los días de sol corren y nadan y pescan, va este cuento, mitad cuento, mitad recuerdo:
LA ISLA
Me levanto temprano, tomo todo el mate cocido, como todo el pan con manteca. Le hago un mandado a mamá. Anoche papá trajo a casa dos salvavidas y le dijo a mamá que eran para Licho y para mí. También le dijo algo que no escuché, pero fue ahí que mamá dijo: está bien, que vaya. Mamá no quería que fuera a la isla y yo estaba enojado, ahora estoy contento.
Salgo para lo del Licho. Voy corriendo a mostrarle los salvavidas.
A la tarde  estoy cansado. Mamá dice que huelo mal. Andá a bañarte que apestás, me dice y se ríe. Tengo olor a pescado. Con Licho estuvimos todo el día preparando las cosas para ir a la isla. Cargamos la canoa y juntamos carnada. 
Me voy a bañar, voy a comer todo y a dormirme temprano. Quiero que mañana llegue rápido.
El despertador no suena, no suena, no suena. Estoy despierto esperando que suene. ¡Al fin! 
A la isla llevamos solamente sal y carnadas. También tortas fritas que hizo mamá.
Nos ponemos los salvavidas y desatamos la canoa. Tengo un nudo en la panza. El Licho apoya el remo en el fondo para  empujar la canoa lejos de la orilla. Si pesco un surubí no me lo voy a comer, se lo voy a regalar a papá.  
El sol está alto detrás la isla, el agua refleja la luz pero no lastima los ojos. Todo se ve verde, la isla, la barranca el río. Hasta el cielo es verde.
El salvavidas da calor pero me aguanto. El Licho no se aguanta. Ni bien empieza a remar se lo saca. 
En la isla el Polaco anda montado al Amarillo. Va y viene. Lo hace cabalgar. El amarillo relincha. El polaco nos ve, se saca el sombrero y nos aluda, él vive en la isla. Yo levanto el brazo y lo saludo.
—¿Querés que reme un poco? —le digo al Licho que tiene la frente sudada.
—¡Cambio! —se corre de asiento y yo agarro los remos. Él saca una torta frita y se la mete entera en la boca.  Se inclina por encima de la borda para mojarse  la cara en el río. La canoa parece que va a volcarse. Me asusto pero no digo nada.
Desde la isla vemos la ciudad. Hay pocos edificios en la ciudad y son bajos. La cúpula de la Iglesia  es lo más alto. Es plateada y redonda y el sol la hace brillar.
Preparamos las cañas. Yo entierro una cimbra en la barranca, es una vara flexible para que no la quiebre el tironeo si el surubí es grande. Engancho del lomo un cascarudo en el anzuelo chico que está atado a uno más grande que es donde va a quedar enganchado el surubí cuando se acerque a comer. Al surubí le gusta la carnada viva.
No hubo suerte con el surubí así que al mediodía asamos un par de moncholos.
A la siesta nos da sueño así que nos tiramos bajo un aromito, apenas un poco más alto que el Licho. Lo cubrimos con una lona para que nos haga sombra. Me duermo.
El Licho me despertó a los gritos y yo no sabía ni dónde estaba hasta que reaccioné y lo vi tratando de que no se le escape la cimbra que se doblaba hasta tocar el agua de tanto que tironeaba el pique. Seguro es un surubí, pensé. Me empezó a saltar el corazón y corrí a ayudar al Licho. Los dos agarramos la cimbra fuerte pero los tirones nos arrastraban  hacia el borde de la barranca. Tiraba como un tren. El Licho se fue al agua con cimbra y todo y entones lo ví. Bajo el agua, cerca de la superficie, había un surubí de tres metros que debía pesar por lo menos  veinte kilos. Estuvo quieto un segundo,  después abrió la bocaza,  se sacudió y arrastró al Licho al medio del río. El Polaco escuchó mis gritos, se montó al Amarillo a pelo nomás y se tiró al agua con caballo y todo. El Licho metía y sacaba la cabeza del agua y no soltaba la cimbra. El Polaco lo agarró de los pelos y lo subió al caballo pero el Licho no quería soltar la cimbra. El surubí se puso a arrastrarlos a los tres, al Polaco, al Licho y también al Amarillo...
—¡Depertate Javier!  —sentí que me sacudían el hombro.
—¡El surubí!
—¡Qué surubí! No picó nada. Estabas soñando. Polaco, decías —Licho se reía y me dio bronca.
Me dio tanta bronca que no le conté el sueño. Yo le quería llevar un surubí a mi papá. Al final me tuve que conformar con unos moncholos, pero mi papá se puso contento igual. Hizo chupín y mamá me dijo que estaba orgullosa de mí; que ya era casi un hombrecito. Las madres siempre dicen pavadas que hacen pasar vergüenza.



viernes, 27 de julio de 2012

Los jóvenes, sus paseos, sus apropiaciones


La apropiación “simbólico-cultural” del espacio público.
El espacio valorado como un repertorio de connotaciones de significados culturales.


Lo “simbólico-cultural”, siempre tiende a ocupar de manera fragmentaria el espacio, es decir, una parte de la sociedad se manifiesta en la ocupación y el uso de un espacio, detonando ciertos comportamientos o actitudes, que van más allá de usarlo funcionalmente.
Este comportamiento está presente en toda gran ciudad y Santo Tomé, como urbe en crecimiento constante, alejada ya –aunque nostálgica- de sus orígenes pueblerinos, no se encuentra ajena a esta conducta. 
Una mirada simpática al fenómeno puede echarse sobre nuestros jóvenes, nuestros adolescentes, y un paseo repetido a la vista de todos.
De la misma manera que en el resto del mundo, en Santo Tomé y para los jóvenes, los paseos tienen un sentido puramente sociológico.  
Llevados por el ímpetu primaveral, que no los abandona ni siquiera en medio de la ola polar, puede vérselos entregados a sus idas, venidas, y coqueteos o más menos explícitos.
Para efectuar estos paseos se utilizan pretextos tales como recitales al aire libre o las ferias de artesanos, por nombrar un par. En cuanto a su fin último o único es el exhibicionismo.  Si uno los mira con un  mínimo de atención, comprueba que tienen algo de hormigas trajinando, restregándose las antenas en cada cruce.
Desprovistos de plumajes multicolores, melenas o cornamentas amenazadoras, los jóvenes apelan a lucir prendas que los distingan, que los hagan visibles –y elegibles- para el otro sexo. Tanto varones como mujeres usan implementos que en general brillan.
Las miradas se despegan del piso el tiempo necesario para encontrarse con otra mirada recién despegada del piso. A veces, una risita cómplice con el compañero de caminata, que siempre es del mismo sexo, porque los jóvenes tienden a andar en dúo, advierte y  alerta sobre la elección silenciosa que se concretará por la noche, en un boliche, o en los sueños. 
Un sitio convencional es la Avenida 7 de marzo, el día el sábado, aunque no se  desprecia el viernes; una hora convencional: pongamos las siete de la tarde.
El bar improvisado sobre la vereda de la parada de El Paso -para beneplácito de los defensores  de la apropiación del espacio público-, además de estorbar a los peatones convertidos en saltadores de matas,  llena el aire de un coro de voces que se superponen unas a otras  creando  un chillido agudo difícil de soportar para los que han pasado los cincuenta abriles hace un rato –largo-, e inunda el aire con un tifillo a cerveza, que se acumula día tras día, agriándose, hasta asquear al santafesino más cervecero y tradicional, decía, que el bar, sirve para reunir a una distancia apenas medible, desparramados sobre la vereda, los grupos o bandas o bandos preparados para, como quien dice, la guerra. Una guerra milenaria por la selección para la procreación, y con ella la supervivencia de la especie, que adquiere formas y colores que varían con el paso del tiempo, sin perder el fin único y último, renovado cada temporada por los dictadores de la moda.   
Los jóvenes departen excitados hasta el borde de recibir estímulos visuales, olfativos y táctiles –recordemos que la actualidad impone como mínimo el beso en la mejilla, aún con el más ilustre desconocido, sin contar los abrazos desaforados que hubieran escandalizado a nuestras abuelas, pasando por las poses que los retratan más o menos encimados unos sobre otros, en las fotografías-, decía que departen y también comparten un código compuesto de palabras y gestos que los llevará hasta la adultez, auque a veces, al verlos, uno podría creer que eso es imposible.
Más allá de las apreciaciones más o menos acertadas, agrias y hasta graciosas que los adultos podemos hacer –y hacemos- sobre los jóvenes, eternamente incomprendidos por las generaciones que los preceden, lo cierto, lo que se ve, lo que nos muestran y lo que ocultan, no es más que lo que han mostrado, han dejado ver y escuchar y lo que han ocultado, en cada región y en cada época, los jóvenes de todos los tiempos: algo tan simple y natural como el devenir de lo humano.

   

 

En el invierno


La ola polar aflojó y los parques se llenaron de pibes,  madres y también algunos viejos, unos pocos, como Antonio, que no bien cruzás frente, a él en la plaza libertad, desde el banco donde se sienta a ver pasar la mañana, te dice sin más: ¿Usted sabe lo que es el alma? Algunos lo ignoran, otros dudan, se detienen unos segundos vacilantes para recibir un folleto con una familia sonriente y una afirmación en la portada a colores: el final está cerca; miran el folleto incrédulo y siguen su camino. A mí se me dio por contestarle: no, no sé lo que es el alma.
—¿¡Cómo no sabe!?
—Bueno, no estoy seguro.
—El alma es lo que somos.
Antonio tiene manos enormes, ochenta y nueve años y un par de sobrinos a los que no ve hace tiempo.
—El alma es de Dios —me dice y me ofrece un folleto—, y cuando morimos, si no pecamos, volvemos a Dios.
—Intentaré no pecar —le respondo y paso las páginas del folleto desde el que me sonríen rasgos en los que no me reconozco.
—Yo vengo a predicar acá todas las mañanas. Es mi misión. Yo le aviso a la gente que el final está cerca, que tienen que cambiar.
—¿Y la gente lo escucha?
—A veces, pero mi misión es avisar, no obligarlos a escuchar.
—Ya veo. ¿Vive cerca?
—En el hogar. Ya me vuelvo porque almorzamos a las once y media.
—Lo acompaño, si quiere.
Sí quiso, habló mucho, llegamos pronto al Hogar, no al hogar, al Hogar.
El aroma particular y tibio del lugar fue lo primero que me llegó de él. Después el silencio. Un murmullo de cubiertos y el trajín en la cocina era todo el ruido que podía escucharse en un sitio con más de treinta almas. Antonio me presentó como un amigo. Un par de entre los ocho sentados a una de las mesas, contestaron.
—Se tiene que ir porque ya sirven —fue el saludo de Carlos, un paranoico pasivo, de manos y mentón temblorosos.
Fermín me extendió la mano, calculé que no llegaba a los setenta. Me contó que se mudó allí al enviudar, sin  mujer y sin piernas un hombre no puede vivir solo,  me dijo. Yo no sabía que existía la diabetes, me dijo, un día me bajé del camión y al siguiente me habían cortado las piernas. Ahora escribo ¿Quiere que le lea un poema?
Advertí que algunas mujeres me miraban con curiosidad; otras, atadas a sus sillas de ruedas y sus tejidos, no supieron que estuve allí.
Mi Hogar, Mi Familia, Los Sauces y los otros: caserones acondicionados para recibir ancianos, adultos mayores, o simplemente viejos, como decíamos antes, antes de que la palabra  cayera en desgracia. Antes, cuando la palabra abrigaba y abarcaba, cuando  definía, coronaba y sabía dulce sobre la lengua.  Antes cuando los viejos cabían en las casas de todos.
Viejos más o menos amontonados, viejos sentados; esperando.
¿Qué esperan?, pues simplemente esperan, con el televisor encendido, sin mirarlo, sin escucharlo. Por la mañana, al mediodía, por la tarde y por la noche, sentados alrededor de mesas con manteles de hule y suficiente espacio para las sillas de ruedas o los andadores, esperan un familiar que pase quince minutos agitados, llenos de excusas. Esperan la comida, el baño, el anochecer, la mañana.
Inmóviles y silenciosos, como si ya no les quedasen palabras dentro, esperan la muerte que los libere.
—¿Cómo anda Antonio? 
—Acá, encerrado.


Al oeste, por San Martín


Por San Martín, arriba del R12, después de haber estado en el desfile del 9 de julio y más tarde en el anfiteatro, al sol del 9 de julio, con el Salado creciendo, escuchando La Charranga, escuchando y viendo a los jóvenes danzar  al son de un Negro José  murguero y caliente, tocado por cuatro buenos locos de mameluco verde y caras pintadas.  Andrea trabaja en la dirección de cultura municipal, Andrea también toca el bandó en La Charranga; la veo sobre el escenario, de negro, con su cabellera pelirroja mecida por la brisa; vaya sorpresa.
Los trasgresores Tonolec no me convencieron y es todo lo que voy a decir sobre eso.
Al oeste por San Martín, con el velocímetro marcando treinta kilómetros por hora, rodando despacio y solo, después de haber estado sentado en las gradas del anfiteatro, rodeado de santotomesinos multicolores y parlachines; de mate y pastelitos y torta y manzanas con caramelo y pochochos pintando la boca de los niños.
Al oeste por San Martín, más y más al oeste, cuando se vuelve de doble mano y cuando se vuelve de mejorado y cuando, después de pasar el vaciadero de basura, se vuelve de tierra, hasta convertirse en  huella.
Al oeste por San Martín después de las vías, después de J. Paso, después de Mosconi, cuando los nombres de las calles no figuran en carteles que tampoco existen. Al oeste por San martín después de los cementerios con sus panteones lúgubres y sus tumbas de tierra, idénticas una  a la otra. Y  más al oeste, después del puente que pasa sobre la autopista, sobre la que ruedan, indiferentes automóviles, ignorantes de que existe San Martín, que hasta allí llega, impúdica, habitada por el silencio y los silenciados, cortada aquí y allá por el parloteo de los loros.
San Martín de tierra y monte, cercado de alambre y pisingallo dulce.
San martín de cactus y árboles espinosos. De hornos de ladrillo y eucaliptos apretados y enormes: centenarios.
San Martín de cuís y m´burucuyá y teros y una que otra perdiz.
San Martín de carros tirados por caballos, de perros callejeros y niños callejeros.
Dos adolescentes pasan armados: cazadores de cuís y perdices. Aflojo un poco más el acelerador para no enfundarlos en tierra. Los saludo y me responden.      
San Martín al oeste, muy lejos de los bancos y las líneas de colectivos: veo un padre, o no, es demasiado joven para ser el padre; un hermano mayor entonces, que enseña a un pibe a manejar un carro. A la derecha un puñado de vacas pastan o más bien tarasquean el pasto mezquino del invierno.
Desde el camino angosto diviso herrumbradas  casas que fueron señoriales;  ranchos de chapa donde ondea la sabalera, y alguna que otra tranquera. Saludo y me responden: santotomesinos entre la ropa tendida, entre la basura, entre yuyos, entre sueños.
Un carro huye con varios rollos de alambre oxidada y robada. Un ciclista que sale de entre la montaña de basura con un pucho en la boca, mira el carro pasar y se ríe sin soltar el pucho que pende entre los dientes. Después pedalea y se aleja, siempre hacia el oeste.
Alguien corta leña; alguien, como yo, explora; alguien ha montado una pared de ladrillos recién horneados. Son hileras prolijas y anaranjadas secándose al sol, solo eso.
Sigo hacia el oeste y a mi izquierda el monte se aprieta, marrón y gris;  a mi derecha un campito arado escupe alfalfa.
Aunque es temprano, son apenas las dieciocho treinta, el sol se va poniendo y por un camino aún más angosto doy la vuelta, regreso al este, desando la Santo Tomé oculta, la Santo Tomé campiña, la Santo Tomé polvo y barro, la Santo Tomé monte, la Santo Tomé desconocida.