jueves, 11 de abril de 2013

La construcción del enemigo



La conveniencia de tener un enemigo a mano.
Temprano, mate amargo en mano, repaso diarios virtuales, artículos, comentarios, y pienso en la inmediatez; en que con un clic se puede comentar, verter opinión, enjuiciar y juzgar todo a la vez y además ser leído y obtener una respuesta, otra vez, inmediatamente. También pienso que la facilidad con que podemos dar nuestra opinión tiene por contrapartida que muchas veces trae aparejado el hecho de que no nos tomamos el tiempo necesario para la reflexión -como decía mi abuela, contá primero hasta diez-. Lo digo porque en muchos de los comentarios salta a la vista la lectura rápida -y hasta incompleta- que lleva necesariamente a la interpretación equivocada, equivocada o más bien equívoca de lo expresado en el artículo, hecho que acto seguido convierte el espacio reservado para los comentarios en un campo de batalla verbal, se entiende, que, de todas maneras, no evita que corra sangre porque todo el mundo sabe lo filosas que son las palabras.
Hace tiempo leí un ensayo de Umberto Eco, italiano, escritor, pensador-ensayista, semiólogo, autor entre otras de la novela El nombre de la Rosa. Aquel era un texto que intentaba acercarse a definir la identidad -válido esto para una persona como para un país o un grupo unido por una idea común-, a partir de la diferencia, no cualquier diferencia sino aquellas irreconciliables, aquellas despreciables, aquellas capaces de construir un enemigo. Lejos de agotar el tema en cuestión, el ensayo era un esbozo, un boceto, una pincelada. El mismo autor había llamado a los argumentos que componían aquel libro “piezas de ocasión” y en verdad  así los percibí, como piezas de un rompecabezas o de esos juegos infantiles con forma de ladrillos para encastrar. Los textos de Eco entregaban las piezas o los ladrillos dejando huecos -piezas faltantes-, líneas entre las líneas que el lector potencial, necesariamente, imagino yo, completaría con la construcción de su propia visión sobre el tema. Y siendo un lector eso hice. Trasladé el argumento o más bien las argumentaciones en el tiempo y el espacio y de pronto me encontré acá, quiero decir en mi país en mi provincia en mi ciudad y supuestamente en el  mundo a la vez gracias a esa red de comunicación, que paradójicamente también nos incomunica, la imprescindible  Internet (con el último adjetivo intenté ser sarcástico).
Y  así gozando del atributo de la omnipresencia que permite la conexión inalámbrica me sentí identificado con estas palabras de Eco “…una de las desgracias de nuestro país en lo últimos sesenta años, ha sido precisamente el no tener verdaderos enemigos”. La frase de Eco se desprendía de un episodio vivido por él en el cual un taxista paquistaní, entre otras cosas le preguntó quiénes eran los enemigos de los italianos. Ante el asombro de Eco el taxista le aclaró que lo que le estaba preguntando era con qué país estaban en guerra, dando por hecho que todo país está necesariamente en guerra con algún otro, a lo que Eco respondió que Italia no tenía enemigos.
Luego de bajarse del taxi, Eco siguió pensando y concluyó que lo que debería haber contestado era que Italia no tenía enemigos externos, o en todo caso, los italianos no lograban ponerse de acuerdo sobre quiénes eran los enemigos externos porque  siempre estaban en guerra entre ellos mismos.
Con los comentarios implacables, cargados de frenesí frente a mí, titilando en el azul de la pantalla y las palabras de Eco desperezándose y llegando desde alguna celda de mi cerebro donde habían estado dormidas, me pregunté si los argentinos hemos sido siempre así, quiero decir, como nos delatan nuestras palabras enconadas y partidarias y  lo que ocurría era que la no inmediatez anterior a la red lo ocultaba, o tal vez, siempre nos hemos tratado como enemigos con cualquier excusa ya sea de las consideradas banales o las que ostentan -por convención- el título de importantes de las que nadie, absolutamente nadie, puede abstraerse o permanecer ajeno, sin caer en el repudio y el destierro social:
“Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto cuando el enemigo no existe es necesario construirlo”, reflexionaba Eco.
Debo adherir a la frase anterior y transcripta. Basta darse una vuelta por los diarios digitalizados, los blogs o Facebook, para comprender el por qué de mi adhesión no ferviente, ni inmediata, sino penada, mirada como quien dice desde lejos, para que el árbol no me tape el bosque.
Al menos por el momento parece que nos construimos como ciudadanos,  como hombres y mujeres comprometidos, a partir de la construcción del otro como enemigo. ¿Una lástima no le parece? ¿Será evitable? Tal vez la definición de diálogo tenga la respuesta, pero la dejo para la próxima.



  

domingo, 24 de marzo de 2013

El otro atardecer



 
Viene al atardecer, todos los días, aunque llueva.
Al principio la acompañaba un niño pequeño, más pequeño que ella, quiero decir, que tendrá unos ocho años, es difícil saberlo porque el cuerpo menudo hace pensar en no más de seis.
¿Tiene algo? es lo primero que siempre dice.
Al principio, yo le daba un par de frutas, entonces, enseguida, después de guardar las frutas en una bolsa de supermercado, esas que se suponen no entregan más,  venía un suspirado: ¿tiene algo para cocinar esta noche?
Al principio, yo le alcanzaba un paquete de arroz o de fideos que también iban a para a la bolsa.   
Al principio, lejos de haber terminado, lejos de poder cerrar la puerta y meterme en las noticias o volver al libro o la computadora y olvidarme o más bien no pensar en el asunto, me encontraba ante una nueva pregunta pronunciada con una imitación de último aliento: ¿tiene dos pesos para comprarle pañales a mi hermano?
Al principio, un día dije no, otro sí, otro no, otro no vengas todos los días, todos no.
Ahora viene tres veces por semana.
Ahora repite las mismas preguntas y en el mismo orden.
Ahora obviamos la cortesía, no nos saludamos, no hay un gracias, ni su consecuente de nada.
Ahora no viene el pequeño.
Ahora, el algo para cocinar, es reemplazo, ella se vuelve específica, dice harina o polenta; a veces dice fideos no, arroz.
Ahora ya no suspira las frases.
Ahora los dos pesos pasaron a ser tres.  
Entretanto llegó el otoño.     

sábado, 23 de marzo de 2013

Escritos sobre el agua



Repaso escritos viejos, escritos truncos o más bien truncados por  temor, haraganería o la respuesta a la pregunta de siempre ¿para qué, para quién?, una respuesta que no cambia, que no ha cambiado en los últimos veinte años: para nada y para nadie.
 Miró una vez más hacia el horizonte, hacia la monotonía sin grumos de la llanura que, a lo lejos, parecía juntarse con el cielo cortando la impresión de infinito.
Claro que si volteara para mirar hacia el otro lado esa impresión  de infinito se derrumbaría repentinamente tragada por la barranca que entra en el cauce salado y marrón, a veces rosado, como cuando se acerca una tormenta, como ahora que el cielo aplasta los aromitos florecidos y achaparrados que siembra el viento en la isla cercana donde las ranas aúllan como gatos formando un coro sin intermitencias que se eleva traslúcido sobre las aguas que han comenzado a encresparse como sus cabellos blancos que viran hacia un marrón amarillento como si estuviesen manchados de nicotina. Los de su padre en cambio eran azulados, blanco azulados y blandos. Los había tenido así desde muy joven, desde que ella se sentaba todavía en sus rodillas esperando un cuento o un caramelo, un caramelo o un cuento o un perro como aquel día que del bolsillo asomó una hocico negro y vulgar y adorable”
Para escribir basta un lápiz y un papel ¿es por eso que tantos escribimos? El día es gris algo acuoso, la mañana está disuelta en una especie de burbuja gruesa que me aísla de los sonidos, el tránsito, el programa matinal de radio de mi vecina que insiste en que soy su primo mientras se pasea en camisón por el pasillo que divide las hileras desparejas de casas pequeñas y simples, el lugar donde espero me encuentre, esperando sin apuro y sin dudar,  la muerte.
Volviendo a la primera opción del por qué los textos se quedan ahí abiertos para siempre escribiéndose a sí mismos –si pensamos que en un potencial lector podría disparar preguntas y las consecuentes respuestas y ser de ese modo completados-, volviendo, entonces, a la primera alternativa, la que produce la no escritura y gesta el vacío, temor, la pregunta que debería hacerme es ¿temor a qué o a quién?  y dejando que de mi mente surjan palabras sin condicionarlas, sin censurarlas, esas palabras son: a leer, a saber. Ese temor a uno mismo, a enfrentarse con lo salido o expulsado y no encontrarse con la fluidez y la tensión y la intriga y por qué no con la belleza que debe desprenderse o elevarse de toda prosa con pretensiones de literatura. Temor al encuentro con ese saber que paraliza.
Pienso que mis textos dormirán para siempre desde el momento en que salgan de mí hacia el papel o la luz del monitor. Mis textos entrarán en la nada olvidable al igual que yo algún día, entonces ¿para qué?
Regresó a la casa. Pasó junto a la mecedora. Le echó una mirada interrogadora al verla balancearse solitaria y tenaz, tal vez algún fantasma, alguno de los que ahora danzan en su cabeza o su corazón  o tal vez era tan solo el viento del sur que llegaba húmedo y cálido como un lengüetazo en plena cara, un lengüetazo pastoso con olor a río, un lengüetazo de río o tal vez un suspiro,  un suspiro venido desde muy lejos o desde muy hondo.
Regresó a la casa, pasó junto a la mecedora, pasó junto al gato y junto a la mesada de la cocina donde una mosca revoloteaba sobre los platos sin lavar. Pasó junto a la puerta del cuarto donde la cama permanecía sin tender y junto al retrato del abuelo Tomás, un cuadro oval con colores planos e irreales donde resaltaban el bigote negro y los ojos sin mirada. Pasó junto a la puerta siempre cerrada del cuarto de Luis y la escalera que conduce, siempre, al mismo tiempo antiguo y olvidado del altillo”.
Mis textos morirán sin haber nacido, sin encontrarse con su otra mitad con su complemento con su alimento vital: el lector.
“La abuela hizo todo aquello antes de entrar al cuarto de baño tomar la decisiva navaja de plata del abuelo y abrirse el cuello atormentado”.

La abuela del relato hizo lo que yo con mis textos, desgargantarlos para que no me hablen, para que no me susurren en las noches, para que no trepen por las paredes o repten sobre los mosaicos o se suban a la mesa como ahora.




domingo, 3 de marzo de 2013

Lo igual y lo desigual





Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos
                                           Dom Adson de Melk




   Mi vecina me pidió que le mirara su hijo mientras hacía unas compras. Después mirarlo un rato ya me lo sabía de memoria y él a mí, seguramente, también. Mi vecina tardaba más de lo prometido por lo que tuve que despertar mi dormido ingenio de tío tardío y ensayar algunas sonrisas y muecas más o menos graciosas para evitar que el crío llorara como un condenado. Después tuve que correrlo por toda la casa para evitar que vaciara el contenido de todos los cajones y quitarle la cuchara con la que pretendía, a mi entender porque el querubín no habla todavía, que le arrancara un ojo al gato. Incitado por  el estímulo reconcentrado en noventa centímetros de altura y los dos dientes filosos del maxilar inferior del  chiquillo recordé que mi hermana solía pasear en auto a su hijo para que se durmiera dando vueltas a la manzana.
   Con la criatura tomada del dedo logré llegar al R12 que, me pareció, se estremeció al verme con aquel apéndice colgando de mi mano. Después de colocarle el cinturón de seguridad, operación que demandó cinco minutos durante los cuales perdí varios de los pocos pelos que me quedan, logré ponerme en marcha. En la vuelta cuatro el pequeño dejó de gritar y yo creo que comenzó a disfrutar del paisaje, o lo que alcanzara a ver por la ventanilla, porque balbuceaba encantadores monosílabos y bisílabos que incluían únicamente bes, ges, y larguísimas emes lo que hizo suponer se trataba de algún mantra, alguna letanía o algún conjuro desconocidos y altamente calmantes tanto para él como para mí. En la vuelta cuarenta y dos me convencí de que el niño no se dormiría así que tomé Centenario hasta República de Chile y de ahí a la izquierda y después de cruzar las vías ya estábamos los dos  perdidos en uno de esos paisajes santotomesinos poco transitados por turistas urbanos, a juzgar por los bólidos que me superaban a ochenta kilómetros por hora dejando una polvareda suspendida en el aire, camino a la autopista en su afán de evitar el lento reptar a Santa Fe a través del Carretero en las horas pico.
   A un lado de la calle los cascos de estancia, solo los cascos, que todavía quedan y al otro los criaderos de cerdo, mostrando a la vista pero sobre todo al olfato, una estampa que bien podría estar incluida en el infierno de Schultze. 
   Más allá de los cascos se asientan y proliferan los barrios privados con sus casas pudorosas que incluyen cercos de la más diversa índole siempre verde. Barrios con pretensiones de universo, como los cuentos. Barrios acicalados y almidonados, protegidos con porteros ceñudos e intransigentes.
   Al final del camino, la autopista: otro río, gris, con sus camalotes artificiales y coloridos navegándolo a tarifa fija.
   Me decido por el puente, lo cruzo y después del descenso transito la calle paralela a la autopista, me voy deslizando por su asfalto azul, bien pulido; liso. El niño duerme plácido, con la boca un poco abierta de la que asoman dos dientes.
   El hotel, la bandera del Colón, los jugadores, algunas palmeras inmigrantes o intrusas, el final del asfalto, el acceso al club de rugby.
   El regreso, Víctor Hugo autorreferencial en la radio, el sol comenzando a picar, otra vez el puente y abajo el río gris y sus camalotes motorizados. Del otro lado la iglesia en construcción, me distraigo y no alcanzo a leer el nombre, me he quedado prendido en la puerta de doble hoja, de madera lustrosa, adornada con crucifijos dorados. El alero en tirantes.
  Ahora la bandera de Unión, también los jugadores; los mismos movimientos, los mismos sonidos,  bajo otros colores.
   Otra vez los cascos, un basural, algunos carros, el olor…
   Santiago de Chile, Centenario
—Se portó bien Luquita, Gerardo
—Muy bien, dimos un paseo.
—Gracias. Decile chau al señor Gerardo Luquita.
       

domingo, 17 de febrero de 2013

Lluvia y fuego en la isla

—Ojalá quede nuboso, por lo menos ¿Qué te trae tan temprano, Murillas?
—Duraznos criollos.
—¿Cuánto?
—Un kilo; no dos.
—¿Dos duraznos?
—Dos kilos.
—Pensé que te había traído el humo.
—También.
—Tomatis te ganó de mano; anduvo ayer preguntando y tiznándose porque apareció todo de blanco como cuando lo de los caballos que también fue en febrero.
—Me acuerdo, ese año desapareció el Gato.
—Y la mujer ¿No? ¿Cómo se llamaba?
—Elisa.
—Sí, elisa, linda mujer, joven.
—¿Y averiguó algo Tamatis?
—Va uno de yapa. Poco, algo relacionado con unos Cepeda o Cebella no entendí, no sé, de pronto se acordó de los mosquitos y de un tal Washington. Me dijo que los que iniciaron el fuergo en la isla eran como los mosquitos de Washington.
—De existencia dudosa.
—Eso, sí algo así. Son trece pesos.
—¿Los puedo dejar acá un rato?, voy a dar una vuelta.
Asintió. Elvio asintió; se dio vuelta, caminó hasta el cajón de los tomates. Lo vi tomarlos entre sus dedos callosos uno a uno. Después de mirarlos con atención comenzó a clasificarlos apartando algunos en un segundo cajón: acá un tomate, otro tomate allá. Después haría lo mismo con las manzanas, el procedimiento incluiría un golpe seco con el dedo medio, ayudándose con el pulgar para darle fuerza. Elvio escucharía el sonido que le devolvería la fruta: seco, cajón uno; crujiente, cajón dos; por último colocaría los carteles con el precio rebajado para aquellos productos que no hubieran pasado la inspección.

Cruzando el río la isla, la isla negra, chamuscada.
La isla es una mujer. Ahora queman a las mujeres, no como antes, no en una pira como a Juana; ahora las queman sus amantes.
La isla es una mujer que muestra sus cicatrices oscuras lamidas por la llovizna invisible, perceptible solo por el olor que  levanta de los pastos achicharrados, de los cuerpos oscurecidos de los aromos.
La isla es una mujer sobreviviente. Más allá la ciudad inmutable. A la izquierda el Carretero indiferente.
La isla es una mujer por eso sanará, porque las mujeres siempre sanan, siempre reverdecen aunque por fuera se vean secas como aquel tronco alcanzado por las llamas, donde mañana volverá a asentarse un biguá para acechar a las mojarras.
La isla es una mujer quemada, llorada por Dios, el demonio, o ambos.

sábado, 16 de febrero de 2013

Boca de ceniza



Inútil intentar huir, el verano se aferra a la tierra al cielo y al aire; se ensaña. No existe aire acondicionado que valga, no porque no aligeren la carga del sol sino porque crean simplemente escudos, escudos invisibles aunque oscuros, de ventanas cerradas y cortinas dobles corridas. Una jaula o mejor una cuerva, una mazmorra o una isla. Mi dormitorio es una isla en mi casa. Oscuro y frío y seco es impermeable al calor que se azota contra las paredes y las persianas, araña los vidrios y lanza su aliento sobre las cortinas.
   Inútil intentar huir, el acondicionador es una ilusión como lo es el sueño, respirando el mismo aire una y otra vez hasta ahogarse. 
   Probablemente sean las cuatro treinta o cinco de la mañana. Recostado boca arriba con los brazos cruzados bajo la cabeza miro la braza del cigarrillo oscilar adelante y atrás, adelante y atrás, a pocos centímetros de mi nariz. Aspiro, y de la braza se desprenden pequeñas luces anaranjadas y rojas.
   Me levanto y me acerco a la ventana y la abro. La luna está sobre el sauce. Iluminada por esa luz irreal, la tierra reseca del patio, sin una brizna de pasto, se parece a un recuerdo resquebrajado y confuso.
   Corro la tela metálica que frena la entrada de los mosquitos;  tiro la colilla que al golpear sobre la tierra, rueda y va dejando luces en el aire detenido.  Finalmente la colilla se detiene donde la luna no ilumina y arde un rato antes de extinguirse.
   Regreso a la cama. Las sábanas están arrugadas. Iluminados por la luna, los pliegues parecen dunas y cráteres de otro mundo, esponjoso y blanco.
   Inútil intentar huir, pronto darán las seis, media hora después el director del diario enviará el primer mensaje del día que probablemente diga lo que dice siempre “baje a Santo Tomé”, cómo no bajar a la ciudad cuando uno es parte de la ciudad, del color, del olor, del calor de la ciudad; de la desventuras de la ciudad.
“Baje a Santo Tomé” significa que no me ande por los aires, que busque y encuentre personas extraordinarias, rincones extraordinarios, hachos extraordinarios.
   Apago el acondicionador para ir aclimatándome, a eso de las nueve la calle empieza a derretirse, las caras de los santotomesinos empiezan a derretirse, el cabello se pega a las sienes y las bocas se chorrean hasta los pies dejando un charquito pestilente.
   Para las diez, mi R12 se calienta como el infierno; es un horno de ladrillos y yo soy el ladrillo cociéndose a fuego lento; secándose. La calle me exprime y la camisa se me pega a la espalda y una mancha de sudor comienza a formarse; un óvalo oscuro en el centro y diminutos puntitos de humedad esparcidos en toda la superficie del género. Entretanto la ciudad dice no. La ciudad me expulsa, me niega sus historias y su gente me da vuelta la cara, la cara de agua, la cara de sal.
   La ciudad es ciega y sorda, es un pulpo resbaloso que huye de mi grabadora, que se oculta de mi cámara.  La ciudad me muestra el polvo y el rielar de paredes blancas que me enceguecen. La ciudad se ríe a mis espaldas tras las puestas cerradas, tras las bocas cerradas. Solo el río sigue murmurándome, susurrándome historias.    
“Una franja húmeda y barrosa, en la que las huellas del bayo amarillo son todavía visibles, separa la playa seca del agua. Sobre esa franja húmeda, el Gato alza la cabeza y contempla la isla: chata, compacta, la vegetación polvorienta y la barranca ro­jiza, irregular, que baja al agua. Casi cincuenta metros sepa­ran las dos orillas.
   La isla enfrente, con su barranca suave, la vegetación enana y sus flores irrisorias, todo desierto, polvoriento y cal­cinado, y el agua tibia, oscura […]
  […] La isla baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca ro­jiza cayendo suave, medio comida por el agua, está inmó­vil, sin que ni siquiera pájaros, mariposas, se levanten de en­tre los árboles enanos a los que ninguna brisa sacude, de entre las flores rojas, amarillas, blancas, desperdigadas en­tre las ramas y entre la maleza que se calcinan a la luz de fe­brero, el mes irreal, sin que en la orilla irregular se perciban, en ningún momento, las sacudidas suaves de la estela que va dejando la canoa verde al avanzar, con enviones bruscos, en el medio del agua, río arriba, dejando atrás los bordes vi­sibles de la estela que van separándose imperceptibles y que rayan el agua caramelo sobre la que la luz caliente destella múltiple y arbitraria”. Nadie Nada Nunca. Juan José Saer.
           

sábado, 9 de febrero de 2013

Palabras politizadas en el mes irreal



Muy politizado esta semana, fue lo que decía el correo que recibí, referido a mi entrada titulada La guerra formidable así que me vuelvo a la literatura no por cobardía sino porque la extraño, además, pensándolo bien, la entrada pretendía recordar que la humanidad avanza dividida entre poderosos y débiles desde que el mundo es mundo como quien dice; no es nueva es solo diferente la forma en que se manifiesta el fenómeno, cambiando los actores, la forma del discurso y los escenarios,  así que sí, estimada y fiel lectora, tiene usted razón, ha acertado con el adjetivo y también con el pedido implícito de que no ande caminando por esos riscos.
Y sabedor (ya que sus correos son habituales) de sus gustos literarios, he escogido para usted las palabras siguientes ya que el mes me obliga o por mejor decir me las recuerda.

“No hay, al principio nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla. El Gato se retira de la ventana, que queda vacía, y busca, de sobre las baldosas coloradas, los cigarrillos y los fósforos. Acuclillado enciende un cigarrillo, y, sin sacudirlo, entre el tumulto de humo de la primera bocanada, deja caer el fós­foro que, al tocar las baldosas, de un modo súbito, se apa­ga. Vuelve a acodarse en la ventana: ahora ve al Ladeado, montado precario en el bayo amarillo, con las piernas cru­zadas sobre el lomo para no mojarse los pantalones. El agua se arremolina contra el pecho del caballo. Va emergiendo, gradual, del agua, como con sacudones levísimos, disconti­nuos, hasta que las patas finas tocan la orilla.
[…]El piso duro y frío de baldosas coloradas lo hace estre­mecer cuando apoya en él la espalda desnuda. Deja los ci­garrillos [el Gato] y los fósforos sobre su pecho. Mira el cielorraso. No piensa en nada. Su piel entibia casi en seguida las baldo­sas. Cierra los ojos y respira lento, inmóvil, haciendo crujir ligeramente el celofán del paquete de cigarrillos depositado sobre su pecho. Llega, hasta sus oídos, sin estridencias, el ru­mor de febrero, el mes irreal, concentrado, como en un gru­mo, en la siesta”.

El primer párrafo abre la novela Nadie Nada Nunca de Juan José Saer, aquellos que aprecian su prosa, que sienten como propia la música que de ella se desprende, son capaces de recitarlo sin error, respetando la respiración del autor, la respiración de la mirada del autor que mira e indaga y recrea al ritmo del agua del río y del pasar de los minutos soporíferos de febrero.
Nada, nada; quiero decir por nada en particular,  solo recordar, una vez más recordar, que Febrero da vida a Nadie Nada Nunca y Nadie Nada Nunca califica a febrero, lo define, de alguna forma lo corporiza y cito: “febrero, el mes irreal, concentrado, como en un gru­mo, en la siesta”.
Para los que no conocen a Saer, un dato: Saer nació en Santa Fe en 1937. Su febrero es nuestro febrero, su isla es nuestra isla y su río es nuestro río.
Un autor, un adjetivo singular, como solo los auténticos  escritores saben descubrir e instalar.