sábado, 6 de septiembre de 2014

LA CIUDAD DIBUJADA….hoy, botón antipánico en el municipio



Entonces la veo pasar corriendo, casi me lleva por delante mientras yo, con la mano en alto, saludo, porque ni bien entro al municipio los saludos van y vienen; decía que entonces la veo, lleva tacos, calculo que cumplirá pronto cincuenta, no se esmera en disimularlos, solo en llevarlos con gracia, con kilos extra y alguna que otra cana rebelde a la tintura; ella pasa corriendo hacia mayordomía, no puedo evitar, estimado lector, seguirla, escuchar.
—Julio tengo una señora que aterrizó ni sé bien cómo en mi oficina tiene una orden para que le demos un botón antipánico y se me está cayendo a pedazos. Parecería que le han pegado.
Afuera llueve, es jueves. La mujer probablemente no ha cumplido los cuarenta años y está empapada. También está blanca como un papel, para decirlo de alguna forma. Sentada en una silla a la entrada de la pequeña oficina, una oficina un tanto asfixiante por su tamaño, por la acumulación de papeles, por la cercanía en que se encuentran los dos escritorios que contiene. La miro con atención, busco indicios que me confirmen la frase en condicial . 
—¿Julio sería posible un té o un café para la señora?, póngale mucha azúcar
—Sí, ya se lo mando.
La empleada municipal, ahora, mientras miro a la mujer que chorrea lentamente agua que va formando sobre el piso un pequeño charco que dentro de quince minutos será un gran charco, corre, digo, que la empleada corre por las escaleras hacia la Secretaría de Gobierno para bajar siempre corriendo, con un papelito en la mano y diciendo Kolev no está Kolev no está.
La empleada entra en su oficina, pisa el charco y toma el teléfono. Mira a la mujer, mira los papeles que ha traído que, húmedos, están sobre uno de los escritorios
—Señora póngale toda el azúcar que le traje al té —le dice la empleada a la mujer y la mujer obedece. Toma el sobre de azúcar lo abre lo vierte en la taza y revuelve mientras tiembla o por mejor decir sigue temblando o tal vez no tiembla solo tirita porque está empapada.
“Vengo del juzgado dice la mujer” y la empleada corta porque el tono en el teléfono es de ocupado, se queda unos segundos mirando el papelito donde el número al que ha marcado dos veces porque la primera se ha equivocado, está escrito en letra apurada y después mira a la mujer que se va como derritiendo sobre la silla.
No ha pasado ni un minuto cuando Kolev llega presuroso y la empleada le dice que la mujer ha venido desde Santa Fe en  moto, bajo la lluvia y, señalando con el dedo, que tiene esas órdenes del juzgado -esas que, húmedas y un tanto arrugadas esperan sobre el escritorio- le dice también que el teléfono da ocupado y Kolev saca el celular, llama y se lo lleva a la oreja mientras toma los papeles y posa por un instante los ojos sobre ellos, luego, sacude la cabeza: “Leeme por favor que vine corriendo y me dejé los anteojos”
La empleada lee, lentamente. “Voy a necesitar fotocopias”, dice Kolev más para sí que para alguien más, pero la empleada ya hecho un sí con la cabeza; y otra vez la carrera por las escaleras, arriba y abajo.
Quince minutos de lluvia morosa sobre la ciudad y el trámite, por llamarlo de algún modo, había terminado. Después  la empleada ha vuelto hasta mayordomía -ahora caminando; presto atención  al ruido que llega a mis oídos, viene de los tacos de los zapatos de la empleada,  sus pasos resuenan sobre los mosaicos, son pasos de mujer,  pienso que a diferencia de otros tacos que me he detenido a escuchar estos suenan seguros y tranquilos. Mientras me entretengo mirando su cabello recogido en un rodete a la antigua, la empleada ha preguntado dónde hay un escurridor y un trapo, después ha caminado hasta su oficina ha limpiado el piso y ha vuelto a mayordomía a devolverlo todo. Antes de regresar para sentarse a su escritorio ha cruzado una mirada profunda con Julio que le ha preguntado ¿Ya está? Ella ha contestado sí con la cabeza y ha dicho gracias.  
Al otro día, a media mañana Kolev entrará en la oficina, la empleada tendrá las narices dentro de alguna ordenanza que estará leyendo, o estará “sumando restando multiplicando y dividiendo” como le gusta contestar cuando alguien le pregunta cuál es su trabajo. Los que la conocen y conocen de su sarcasmo saben que también suele contestar “nada soy empleada municipal no hago nada tomo mate nomás”, entonces, cuando Kolev le hable, ella levantará la cabeza y Kolev le dirá gracias por lo de ayer y ella dirá de nada.
 

sábado, 23 de agosto de 2014

LA CIUDAD DIBUJADA...hoy, un tallerista de Vecinal Oeste

Sarmiento y Centenario, ahí, justo ahí, sobre la bicicleta, un pie descansando sobre el pedal, el otro apoyado sobre el asfalto, las manos cerradas sobre el manubrio, la cabeza apretando el cuello torcido para mirar hacia atrás, hacia Belgrano, hacia Libertad, hacia Iriondo, el río la isla, el tallerista comienza su jornada. Después la cabeza gira y el cuello parece desenroscarse para volver a retorcerse, ahora para mirar hacia 25 de Mayo, Castelli, hacia la Sarmiento agrumada en el calor de la mañana. Es sábado, hace calor, Sarmiento es una calle gris y agitada; demasiado angosta. Uno siente que lo ajusta, lo aprieta. Él mira a ambos lado de la calle y decide que puede, como quien dice, lanzarse y, lo hace; levanta el pie que ha estado, de punta, asentado en el asfalto y, apoyándolo en el pedal, se da impuso irguiendo un poco el cuerpo, haciendo un movimiento hacia delante hacia la dirección en la que se encamina o mejor dicho bicicletea. Es media mañana así que el tránsito es regular, automóviles, motos, el colectivo, otras bicicletas, se alinean de mala gana, obligadamente ordenados por la estrechez de la calzada. Él pedalea despacio reconcentrado en lo que podríamos llamar el horizonte, ese lugar donde Sarmiento engañosamente parece terminar, pero no ese el sitio al que se dirige.
Va sentado un poco encorvado y en el canasto de la bicicleta carga un cuaderno, uno común y corriente que guarda una birome que se sujeta por el capuchón a la tapa blanda.
Fidela Valdez atraviesa Sarmiento a la altura del 3900, a la izquierda, justo antes de doblar para entrar por la calle hacia el sur, hay una casa. Él se detiene unos segundo a observarla, como cada semana, algo en las paredes agrisadas -que alguna tal vez fueron blancas, piensa-; algo en el amplísimo jardín del frente que parece abrazar la casa para continuar en el fondo, lo retiene cada vez, durante unos segundos.
Ha estado internado así que su mente está un poco más lenta que de costumbre, él lo sabe, pero ya no piensa en esas cosas. Alguna vez lo hizo, alguna vez no quiso someterse a la medicación que a la vez que le permitía insertarse en su mundo su micromundo, lo arrancaba de algún modo también de él, digo, del mundo pero también de él mismo.
Absorto en la casa no escucha el bocinazo que le reclama por la inmovilidad en medio de la calle, en medio de la mañana.
Ahora ha doblado definitivamente hacia el sur, se ha bamboleado sobre la bicicleta al, como quien dice, “bajar” del asfalto hacia la calle de tierra; ha rebotado sobre el asiento y el cuaderno se ha sobresaltado dentro del canasto perdiendo su pasajera que se ha soltado de la tapa para caer y rodar, inadvertida, hacia los pastos que bordean la calle y que enjutos, se meten en el cordón cuneta.
Al llegar a la primera esquina ha “subido”, por una rampa de tierra hacia el predio donde se extiende el playón deportivo, ha echado una mirada a la construcción que algún día, probablemente lejano, será un baño y que está detenida desde hace tiempo a la altura del techo, ha visto que el pasto ha comenzado a crecer dentro; ha pedaleado sobre la vereda y se ha enfrentado al doble portón verde, abierto por una hoja, se ha bajado y ha ingresado a la Vecinal Oeste.
Ahora dejará la bicicleta mientras murmura un hola quedo y corto y se sentará a la mesa larga -la mesa y el tablón- que tiene a los lados un banco deslucido que pudo hacer sido de iglesia, o al otro lado, sobre otro banco sin respaldo, verde y nuevo, hecho con jirones de madera.
Dejará la bicicleta entonces, y se sentará con la cabeza un poco inclinada, tirada hacia adelante, como queriendo meter la mirada en los intersticios de la madera; alguien le alcanzará una birome y él dirá gracias; alguien le preguntará por qué estuvo ausente las semanas aquellas de las que él tiene vagos recuerdos de enfermeras, inyecciones primero, píldoras después; alguien le preguntará si escribió. Él sonreirá, levantando un poco la cabeza, solo un poco, contestará me raptaron los extraterrestres y abrirá el cuaderno; después leerá unos veros cerrados oscuros.

viernes, 22 de noviembre de 2013

LA CIUDAD DIBUJADA …hoy, lejos de las bicicletas de la costanera

Barrio Las Vegas, tierra, sol, cunetas, sol, agua servida, sol, algunas madres, niños, sol y más sol.
El Centro comunitario se levanta, blanco, al sol, paredes blancas, piso de mosaicos, esos que llamamos de granito, con pintas negras y blancas. Destaco el piso porque las casas que conozco en Las Vegas, no tienen piso, algunas ningún tipo de piso, sólo tierra apisonada, otras lo tienen de cemento, un cemento que se va rajando y oscureciendo como los pies que lo pisan sin calzado, porque es verano o porque no hay calzado con qué pisar el cemento, o la tierra apretada, como los dientes y como el deseo.
A las cuatro de la tarde las puertas del Centro Comunitario están abiertas, allí, los días de semana funcionan diferentes talleres municipales del programa “Viví tu barrio”. Es el día de la muestra anual y coordinadores y asistentes exponen el producido durante el año; también dan testimonio sobre la experiencia.
Estaciono el R12 a unos metros del lugar bajo un árbol único.
Entro, saludo, me siento.
Érica Firbeda coordina los talleres, la veo serena y sonriente, mirando con atención, alentando, felicitando, agradeciendo.
Escucho una grabación imprecisa del taller de radio. Veo la imprecisa coreografía de un gato y una chacarera. Los alumnos no pueden asistir de forma continua a los talleres y los coordinadores, lejos de sentarse a esperar, militan su trabajo, andan el barrio, buscan los chicos, los alientan, los contienen; en estas consideraciones los testimonios de los coordinadores se repiten.
Salimos del salón a escuchar al taller de murga, por el calor y para no quedarnos sordos. Encuentro la foto, eso creo, me sé pésimo fotógrafo así que cuando llego a casa y enciendo la computadora la foto no está o por mejor decir está pero no dice, estimado lector, lo que quería decirle con ella, así que elijo otra, pero no me resigno a no mostrársela así que se la cuento: yo miraba una niña con el pelo color zanahoria y pecas en las mejillas y cuando creí que allí estaba mi foto para usted, lector, entonces, por azar nomás, porque giré un poco la cabeza, lo veo, o más bien le veo los ojos al niño, la mirada, esa que no capté con la cámara, esa que seguramente hace que para cada uno de los coordinadores el trabajo valga la pena. Azota el tambor reconcentrado en no perder el ritmo y los ojos, negros los ojos, como quien dice, le van brillando por toda la cara hasta bajar a las manos que saltan al ritmo de los palillos del tambor.
“No, no vino, los otros días le pegaron delante mío” no alcanzo a saber quién le ha hablado a quién entre las mujeres que coordinan los tallers donde los asistentes se repiten, según pude entender, así que de algún modo los comparten, a los niños y a sus realidades elajadas de las bicicletas de la costanera. Las mujeres se vienen acercando al círculo de tambores rojos y amarillos que han formado los pequeños murgueros. Decido no indagar. Estoy disfrutando, hace calor y no quiero saber demasiado.
Un par de minutos de ruido intenso, desacompasado preceden al logro, de pronto la murga suena en la tarde, repiquetea bajo el sol y las sonrisas aparecen.
Después de los aplausos regresamos al salón. Alguien comenta sobre los que no entienden nada y han roto cosas en el Centro Comunitario, vandalismo dicen, a pesar del vandalismo dicen, acá estamos y muestran.
Sobre un tablón los puntos equidistantes del crochet y sobre una mesa la madera lijada, pintada, dominada por los chicos del taller de carpintería. Detrás, sobre una pared, los dibujos del taller de artes plásticas. No conozco el nombre del coordinador, Tincho lo llaman. Edisto Hernández, me apuntan.
Algunas consideraciones sobre los trabajos, algunas precisiones sobre la obtención de colores y cosas que escucho a medias hasta que una frase que va a repetir para los distraídos capta mi atención: ellos no son todo el tiempo niños.
"Ellos a veces son hombres, no sé si me entienden, no sé si entienden lo que quiero decir", más que aclarar, inquiere el coordinador, creo que la voz se corta un poco, solo un poco y solo una fracción de segundo en mitad de la frase, “ellos no son chicos todo el tiempo”, los señala, los abarca con los brazos.
"Yo busco que las dos horas que pasan acá sean chicos, jueguen, sean felices esas dos horas nada más".

Los papeles en la bolsa, va gritando Firbeda y los niños se acercan y van llenando la bolsa con los envoltorios de los alfajores de chocolate que son su premio al esfuerzo. Un nena de rosa está parada junto mí y junto a ella, sobre el suelo, el papel dorado y arrugado por el apretón.
Ese papel es tuyo, me parece, le digo porque la he visto tirarlo al suelo.
No, me contesta.
Me voy riendo.

 

viernes, 8 de noviembre de 2013

LA CIUDAD DIBUJA....hoy, las siete de la tarde



 
La costanera... la ando, como una oruga anda el tronco de un árbol entre músculos exigidos, la ando, entre caderas y caras enrojecidas, la ando. La ando, la voy mirando.
Diáfana, relumbra bajo el sol, se estirada, bosteza sudores y patines con trenzas mientras la ando.
Una jovencita corre aferrada a la correa de un perro que corre; corre o vuela y va dejando un halo de perfume a vainilla donde flota una cabellera imposible.
Las mujeres prefieren la compañía, combinan el bamboleo de sus caderas con la charla animada.
Los hombres prefieren trotar concentrados en la respiración agitada, algo como un bufido que los precede y los excede, una burbuja dentro la cual van sudando y golpeando rítmicamente el suelo.
Un niño levanta el boguero y el anzuelo aletea peligroso hasta enredarse en una mata de pelo cano que vigila el pie del niño, que asoma más allá del borde de cemento como espiando la correntada donde un pez salta haciéndose visible fuera del agua.
—¡Abuelo abuelo! —el niño señala el agua, el movimiento huidizo del pez.
El viento costero alza la voz y el niño alza la caña y la línea liviana y el anzuelo liviano que planean unos segundos antes de caer al agua.
El hombre del bastón, el que antes trotaba y cruzaba el río, el que trotó y cruzó el río  a nado y en zigzag por años, siempre a la misma hora, esquiva las miradas por timidez o tal vez exilio al interior.
Choco, como quien dice, contra los pilares del puente y como esos autitos a pila, cuando topan con una pared, reboto y doy la vuelta y sigo caminando.
Una mujer me ofrece pan casero -recién hecho, me dice- y la voz de un niño asciende desde mis rodillas
—¿No quiere un perrito señor?
Digo no y el niño se aleja. Lo veo aferrarse a la falda de su madre, señalarme y abrazar con fuerza al cachorro.
Desciendo las escaleras y me siento frente al río, extrañamente no puedo verlo, lo escucho pasar rumoroso, como siempre, pero no puedo verlo, solo veo un carro que dejé atrás, pudriéndose al sol, un carro y sobre él un hombre oscuro, oscuro el pelo, la piel, oscura la remera, los ojos oscuros y el mirar y a su lado veo un niño que apenas ha dejado de ser un bebé, un niño blanco, blanca las mejillas, las manos tan blancas; blanca la remera la sonrisa la boca, la mirada.





sábado, 19 de octubre de 2013

LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, caminantes

Amanece sobre el río.
Santa Fe se oculta tras el sol, el puenteo oscila hacia arriba y hacia abajo, levemente, incansablemente, sobre los pilares flotantes. Resiste
Caminaba, creo que no pensaba en nada hasta que la vi. Pesará uno cuarenta kilos máximos y le calculo entre 40 y 45 años aunque la extrema delgadez tal vez haga que me engañe. Camina con rigor, pisa fuerte, da pasos largos siempre mirando para abajo, en la mano izquierda lleva una llave, la mano fuertemente apretada blanquea en los nudillos. Viste un conjunto deportivo que más parece un pijama, es color verde militar. Blanca, quiero decir que es una mujer rubia con el pelo echando algunas canas. Más allá, en sentido contrario un hombre entre cincuenta y sesenta, con bastón y andar dificultoso, ondulante; su cuerpo se ondula a cada paso recordándome el desplazarse de las culebras sobre la arena. Antes, hasta no hace muco, corría y después cruzaba el río a nado en zigzag desde la playa hasta el anfiteatro, iba y venía de costa a costa, las zaptillas provisoriamente abandonadas para ser calzadas con los pies cargados de río y seguir corriendo. Antes cuando la enfermedad no era evidente como ahora, desde hace un año tal vez, cuando el andar ondulante y dificultoso necesitó de un bastón.
No sé sus nombres, no sé nada de ellos, solo sé de sus caminatas, pero los siento conocidos porque los veo desde años, todos los días.
Llegado por una sensibilidad poco frecuente en mí, pienso que algún día no los veré más y me asombro de mi optimismo respecto de mi propia vida, la que me queda quiero decir, como si hoy, por algún motivo que no alcanzo a comprender, me supiese eterna o tal vez a salvo de la muerte, incluso de la vida misma.
Ninguno me saluda, una con la mirada en el piso, el otro con la mirada en un horizonte que solo él puede ver.

LA CIUDAD DIBUJADA...Hoy, la feria



Parafraseando a Juan José Saer, amanece y ya estoy con los ojos abiertos. Me acosté tarde y con una sensación de plenitud poco frecuente en mis neuronas. Había caminado la feria del libro, había mirado, conversado, escuchado.
La feria de Santo Tomé tiene cierto aire de algarabía, no sé si será porque así somos los santotomesinos, por el aire costero que se cuela en las carpas o por la llegada de Dolina.
Libros libros y más libros, mirados, comprados, donados, manoseados, deseados; escritores locales con sus esperanzas bajo el brazo; ex combatientes, libreros comerciantes y libreros militantes -de los libros, se entiende-; niños -la humanidad insiste en procrear aunque a diario le anuncien que el mundo se acaba en cualquier momento-, niños sumisos colgados de las manos de sus padres y niños gritones saltadores reidores, llevando a rastras a sus padres.
Guitarras en el anfiteatro frente al río opulento y Diego Reynoso, presidente del Instituto Belgraniano del Litoral,  en la intimidad del auditorio del Jardín Nº 25, poniendo como quien dice, los mojones de una idea en la cabeza de los santotomesinos: Santo Tomé, una ciudad Belgraniana, anclada en la historia y la leyenda.  
Narradores orales, teatro, presentaciones. Imposible ver todo hay que elegir, por gusto o por azar da igual, así que elegí y disfruté.

domingo, 13 de octubre de 2013

Las Vegas. Algo más que lo que se ve, que lo que se sale en los diarios


Presupuesto participativo tuvo su jornada de votación el sábado en el Barrio La Vegas

Alberdi, las vías, la tierra clara manchada de amarillo, azul, blanco, colores móviles, colores que el viento arrastra, bolsas, envases, plásticos, objetos irreconocibles, fragmentos del barrio, también del resto de la ciudad que se arrastran cuadra a cuadra en los terrenos baldíos entre los cardos florecidos, las cunetas; entre los caballos que pastan cansados, los perros flacos, parecen ratas los perros y a mitad de cuadra, de una cuadra idéntica a cualquier otra, abierto y bullicioso, el Centro Comunitario, como quien dice, blandiendo los afiches que ondean en el gris de la mañana.
Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma, sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües pluviales, que finalmente ganará con 124 votos. Mujeres sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los adolescente.
Timidez, algo de pudor. Sonrisas.

Estaciono y bajo, el R12 les muestra la abolladura que me dejó un vecino hace un año, uno de esos vecinos que estigmatizan el Barrio Las Vegas. Uno de esos vecinos que ocultan a estos otros, que sonríen cuando me ven, me saludan y me abren, junto con las puertas, de alguna forma, sus vidas.
—¿Cómo va Murillas?
—Yo bien, ¿y las votaciones. Hay tendencia?
—La propuesta uno.
La propuesta uno es el Mejoramiento de la red vial y limpieza de desagües pluviales, que finalmente ganará con 124 votos.
Mujeres sin maquillaje, cabellos oscuros recogidos en una cola de caballo. Hombres de tez y manos curtidas, adolescentes de mirada esquiva, como todos los adolescentes. Timidez, algo de pudor. Sonrisas.
                                                    —¿Por qué propuesta va votar?
—Lo que más necesitamos.
Lo que más necesitamos me dice y no me aclara, es obvio así que no me lo aclara, da por sentado que comprendo, yo, que vendo del asfalto y el agua corriente y las cloacas y el paso regular del colectivo, tengo que saber y me pregunto  si sé. ¿Sabemos los santotomesinos sobre estos otros, también santotomesinos?
Escucho el ruido de un rifle de aire comprimido. Sabré después, cuando me acerque al otro centro de votación, el Centro de Salud Lisandro de la Torre, que hay un herido, un niño o un joven –no querré ahondar- que será llevado al SAMCO.
—Es que es difícil vivir acá porque la gente cree que somos todos delincuentes y no es así, hay sí pero la mayoría somos gente de trabajo que quiere progresar.
 
Dalila Moyano es la vicepresidente de la Vecinal y hoy es fiscal de la votación.
Los ojos oscuros, jóvenes, se opacan.
—En la ciudad todos piensan que somos delincuentes, ni trabajo nos dan cuando decimos dónde vivimos. Tenemos que convivir con la delincuencia y encima los demás nos discriminan.
En la ciudad…me quedo pensando en esas palabras, ¿acaso el barrio Las Vegas no es parte de la ciudad?
—Una nena le dijo a su mamá qué tenía que votar. ¿Se da cuenta Murillas?, los chicos saben lo que quieren, lo que nos hace más falta
Me doy cuenta, veo los pies calzados con ojotas, las marcas de caminar siempre en la tierra y el barro y me doy cuenta.
 
Más tarde, en el Centro de Salud, Betu Argüello, miembro de COMUNIDAD, me responderá cuando le pregunte sobre cómo maneja el contacto con tanta necesidad “..y se maneja” la estaré mirando  a la cara a través del visor de la cámara y desistiré de fotografiarla, no registraré sus ojos claros enrojecidos por las lágrimas.
Yo escribo, me dirá Fabián Cabrera reconocido por sus versos en el barrio y en COMUNIDAD. Hay que pensar en lo que uno da aunque lo que pueda darse sea solo un buen rato ese día, que la pasen bien un rato me dirá sin sonreír.
—¿Qué les parece esto de participar, de decidir qué tiene que hacer el municipio en el barrio?
—Es la primera vez que nos preguntan. Que alguien nos pregunta algo.
Es la primera vez que nos preguntan. Escucharé la frase durante toda la mañana, saldrá de boca de los votantes, de Paola fiscalizadora de la mesa en el Centro de Salud, donde Luis Martínez, coordinador de Desarrollo Territorial, comerá un par de bocados, nada más, de un plato de fideos que le alcanzarán desde el comedor sin que lo pida. 
 —¿Dónde andabas? casi te quedás sin comer ¿Ya comieron en el Centro? —Betu
riéndose.
Risas. También yo me río.
—No sé —Luis, con el tenedor suspendido en el aire.
—Es que vos siempre te olvidás de comer Luis, pero el resto de la gente sí tiene hambre.
—Eso me dice mi mujer. Recorrí el barrio llevé las propuestas, invité a participar, esas cosas. Viste Murillas, abrieron el Centro de Salud para la votación, qué me decís, es la primera vez que se abre un ámbito gubernamental para esto. Eso es bueno para el vecino, es una forma en que puede ver el compromiso.
Asiento. 
Para le mejorado fueron seleccionadas las cuadras Ruperto Godoy entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Llerena entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Huergo entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Agustín Delgado entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Martín Zapata entre Alberdi y Lisandro de la Torre;  J.R. Pérez entre Alberdi y Arenales; José del Campillo entre Alberdi y Arenales; Monasterio entre Alberdi y Lisandro de la Torre; Alberdi entre Agustín Delgado y Ruperto Godoy.

En total son 2.200 metros de mejorado. Escribo el nombre de las calles, estimado lector y me pregunto si las conoce, si las sabe despojadas de la comodidad del asfalto, si las ha visto los días de lluvia, si las ha caminado envuelto en tierra los días de viento, si usted sabe o tan siquiera imagina. Probablemente no, para saber de la necesidad hay que verla, andarla, compartirla.