El cielo encapotado, el cielo liso y cercano y la luz
filtrándose a duras penas con ese color sucio ni gris ni blanco sin poder
abrirse paso, empujando, empujando como un deseo increíble, como un preso, como
un tigre o una mujer que a veces pienso es lo mismo, como esa mujer que se
asoma a la puerta. La veo está descalza y tiene el pelo sujeto, está descalza y se refriega las manos. La casa tiene piso de cemento y es cuadrada; un cubo en medio del pasto que ha comenzado a crecer. Un cubo gris como la luz, un cubo bajo aplastado sobre el pasto, un cubo que se recalienta en verano y se hiela en invierno. Un tejido de alambre la rodea -a la casa, al cubo-, un tejido un tanto derrumbado por el peso de sostener la ropa tendida a la luz cansada de hacer fuerza, una luz que no calienta nada, que parece que enfriara, una luz que no seca nada, que parece que mojara.
El R12 rueda por la calle a la que la luz no alcanza a llegar, no alcanza a iluminar y por esa razón parece invisible, parece que no existiera y da la impresión de que el R12 flota más que rueda.
La Avenida Luján de asfalto, de semáforos, de comercios, de autos acelerados, ha dado paso a la calle de tierra que la luz del amanecer se niega a iluminar; la luz de este falso amanecer de sábado que recién empieza y que durará todo el día, falso y alargado sobre la mañana, esta luz de amanecer corrompido que se quedará hasta la tarde, hasta la noche, hasta que la noche se la trague, no ilumina la calle ni las cunetas ni los perros todavía dormidos sobre las veredas abandonadas.
Más allá, adelante, a unas seis o siete u ocho cuadras idénticas está Roverano con su anchura bordeada de zanja, su dureza inmune a la lluvia, ese ripio insultante para, por ejemplo, 4 de Enero, que se angosta desde la esquina curvándose también un poco y después se va como derritiendo, se va como hundiendo y alzándose con cada pie con cada bici con cada auto o carro o chatarra que la pisa y la moldea como un dios cualquiera y mal parido inmune a la queja y al llanto, un dios burlón, sin sentido y sin conciencia de la formas.
Asentado aquí y allá el crédito para la vivienda alza carteles y casas que se elevan apuradas en un intento de ganar tiempo al tiempo. Ese tiempo durante el cual fueron pensadas y planeadas o tan solo soñadas; ese tiempo que sube los precios y las amenaza con dejarlas a medio hacer, a medio formar, a medio cubrir cabezas y anhelos.
De los colores gastados del motel, colores porosos e inmunes a la luz obscena de la mañana en ciernes emerge un automóvil cuyos ocupantes ya no se miran: ella conduce él ve por la ventanilla. Un par de kilómetros al sur el falso bosque del vivero ensaya una amenaza de sombras inquietantes.
El asfalto es un espejo del cielo: caminos rectos sin un grumo donde la luz pueda aferrarse.
Regreso; he atravesado la ciudad hasta Sarmiento y pasan de las nueve. Una mujer empuja lo que primero creo es un cochecito pero al verle flanqueada por una llama y un poni vuelvo al cochecito con la mirada, no es -rojo y vivo- el transporte de un niño es tan solo un carrito de trastos.
Regreso; la llovizna ha comenzado asentarse sobre el asfalto.
Regreso; la llovizna va empapando la fachada de la escuela Juan de Garay, va abrillantando los toboganes de la plaza, va silenciando la mañana.
En la casa, la luz que entra por la ventana, como quien dice, dura, lo que un su
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